CARMEN, COLECCIONISTA DE BELLEZA

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La baronesa Thyssen-Bornemisza expande sus colecciones de pintura por todo el territorio español. El museo de la calle de la Compañía, en Málaga, es una joya de arte y arquitectura. Hasta mediados de octubre el museo presenta además exposición sobre uno de los artistas más destacados de la colección, el asturiano internacional Darío de Regollos.

El nombre de Carmen Thyssen está marcado en nuestra historia cultural y ahí se va a quedar. Inevitablemente. Mientras que el de otras muchas personas o personajes que no nos abandonan en las redes y los medios de comunicación pasarán al olvido, fútiles. Afortunadamente será así. Carmen es una coleccionista del siglo XXI, acumula, disfruta y gestiona su patrimonio pictórico a la manera de los mecenas anglosajones. Muy activa en el mercado del arte -y suponemos que excelentemente asesorada- sus colecciones dejan ver, detrás, un espíritu insobornable, su gusto personal, riesgo en las decisiones y la voluntad férrea de articular sus museos sobre firmes ideas rectoras. Actúa también como prestamista, receptora y –en fin- divulgadora. El Museo Carmen Thyssen de Málaga es un buen ejemplo, un compendio de Arte Español, pequeñas obras maestras de artistas españoles activos en su mayor parte a partir del siglo XIX. Se une a sus gestiones para que la colección familiar se quedara en España bajo paraguas de la Fundación Thyssen-Bornemisza, a la muestra complementaria de su compilación personal en el madrileño paseo del Prado, a las obras depositadas en el Museo Nacional de Arte de Cataluña y al futuro museo de pintura catalana en San Feliu de Guixols.

Con la colaboración de los organismos públicos –el Ayuntamiento de Málaga- y la cierta polémica que siempre los rodea, los fondos están instalados desde hace ya tres años en el Palacio de Villalón, en torno a un patio central renacentista recuperado en estucos. Se ha restaurado el edificio original y añadido nuevas construcciones para contener la colección. Por supuesto, es llegar Carmen –o casi- y aparecer en los cimientos los restos de una villa romana con un ninfeo, una necrópolis bizantina y la planta de una factoría de garum, la gran exportación de la Bética romana. Actualmente se trabaja en el proyecto expositivo de esos hallazgos. Se unirán a los artesonados y las bóvedas mudéjares de tracería que el edificio palaciego consiguió mantener a pesar de la incuria, de la que este proyecto museístico la ha rescatado y que suponen por su excepcionalidad uno de los mayores valores del edificio. La reestructuración de Rafael Roldán y Javier González construye un contenedor abierto a los nuevos cuadros que componen el cielo y la arquitectura de Málaga, que los arquitectos introducen en las salas de una manera muy inteligente. Es una lección de estilo que conjuga todos los factores necesarios para crear unos espacios únicos para ser habitados por las obras y por el público. Se ha recuperado la fachada renacentista, reinterpretándose la sutileza del patio con sus columnas de mármol que se convierten en una zona de transición y recepción nívea.

Solo la Santa Marina (c.1640) de Zurbarán destaca entre los maestros antiguos –que no es poco- así que podemos decir que la colección se abre con la poética de lo romántico, esa nueva mirada que el siglo XIX lanzó sobre el pasado, centrada en su luz y su misterio. Todo eso está en la idealización de las ciudades andaluzas de Manuel Barrón, una visión que encontraba en el sur de España la frontera de lo establecido, el lugar de transición entre épocas y culturas. Los viajeros europeos, pero también la aristocracia nacional, buscaban el sabor local, ese costumbrismo que hallamos como modelo en los cuadros de Aguado Bejarano o Wssel de Guimbarda. Se manufactura así una imagen típica pero real; sentida, porque aquellos que la divulgan están encantados de recuperarla para el arte. Es una esencia de la que el espíritu de lo español ya no se va a desprender nunca, el hecho diferencial por el que cada cuadro sería reconocible por su tema entre un millón.

Destacan en las primeras salas los Dehodencq encargados por el duque de Montpensier para su corte sevillana de San Telmo; Días de verano (1885) de Vicente Palmaroli y también La maja del perrito (1865) con su emblemática caramba o El rosario de la aurora (1860) de Lucas Velázquez. Es muy importante ésta primera selección porque resitúa una España denostada de charanga y pandereta reivindicándola y eso es definitivamente lo que viajeros y turistas quieren encontrar en Málaga. El museo hace que la ciudad no sea solamente un lugar de paso hacia las playas, sino que se haya convertido en un destino por mérito propio, porque es un casco histórico interesante, amable, sin la hostilidad climática de otras capitales en verano. Se exponen también formidables vistas de su puerto y sus rincones, como La fuente de Reding (c.1880) de Guillermo Gómez Gil.

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La colección se va articulando en torno a los grandes, como Fortuny con sus tauromaquias impresionistas, Benlliure o Federico de Madrazo que avanzan hacia el preciosismo áulico de Lucas Villamil desde la pintura naturalista. En Emilio Sánchez-Perrier encontramos el detalle en la impresión del paisaje y de sus modificaciones. Junto a ellos vamos recorriendo una riquísima periferia, en la encontramos un juego de miradas con lo exótico, porque van a ser los españoles, con su bagaje y su preparación los que revelen bajo otro prisma Venecia o las correrías marroquíes de pólvora. El conjunto de vistas venecianas es soberbio, solo posible para una persona como la baronesa, capaz de obviar sus espléndidos Canaletos y dar un paso más allá, seguir buscando y encontrando, continuar profundizando en la pintura. Es así que se ha actuado sin complejos a la hora de articular las obras, contextualizándolas, componiendo una colección en el sentido más feliz de la expresión.

Julio Romero de Torres rompe la tradición con su modernismo simbolista, en La buenaventura (1922) hallamos un relato escondido y en Iturrino investigaciones avignonescas, porque con el Fin de siglo, la última de las secciones del museo, vemos como los artistas hispanos se integran en el internacionalismo, aportando su fuerza a las vanguardias europeas y recibiendo con interés las propuestas rompedoras. Encontramos aquí a autores decisivos como Sorolla –lo valenciano- con su luz inefable o Zuloaga –el espíritu de lo vasco- con la sobriedad de sus colores.

Hasta el 13 de octubre, además, el Thyssen revisita a Darío de Regoyos, que viajó a través de la pintura y de la vanguardia, siempre a la búsqueda de nuevos lenguajes pictóricos, descubridor impresionista de París y sus primeras iluminaciones eléctricas. Se organiza con motivo del centenario de su muerte y gran parte de las obras expuestas pertenecen a coleccionistas privados, alguno de ellos ha exigido especiales condiciones climáticas para mantener la estabilidad de los cuadros y precisas mediciones lumínicas. La obra de De Regoyos se caracteriza por el solapamiento entre un pasado cuyo alma permanece y un futuro que irrumpe inesperado, como en Viernes Santo en Castilla (1904); en la modulación de las secuencias de personajes o de colores que crean un ritmo –La Concha, nocturno (1916)- pero sobre todo en su persistencia puntillista que le induce al impresionismo y en los mensajes secretos y profundos que encierran sus colores. Darío de Regoyos estudió con Carlos de Haes de quien encontramos estupendos paisajes en la colección permanente que nos ayudan a hilvanar la cadena de testigos que supone el museo.

El proyecto museístico ha sido decisivo, además, para activar y poner en valor su zona de influencia convirtiéndola en un área peatonal de restauración y de comercio, así como para situar a Málaga en el calendario cultural.