A la sombra de las muchachas en flor...

Segunda parte de las siete de las que consta el conjunto En busca del tiempo perdido firmado por Marcel Proust; premiada en 1919 con el Goncourt francés. Retomo la lectura de este libro por dos evocaciones que me llevan a una nostalgia nefasta: la primera es Combray, en cuya playa sucede el segundo decisivo que arrastra hasta todo un paisaje mental en torno al amor; la segunda es que a pesar de que este miembro de la familia Guermantes que narra, me encandiló en Por la parte de Swann, lo cierto es que pensé durante no pocos años, que pecaba en exceso de yoísmo. Su lectura con la madurez mejora y uno entiende como ineludibles la enfermedad respiratoria del personaje, no provocada sólo precisamente por una indigestión con la dichosa magdalena. Al igual que entiende que muchas veces desde la pereza o la evocación de la misma, pueden salir enormes resultados. De las casi seiscientas páginas del texto, las primeras arrastran a Swann para convertirlo junto a Odette, en compañeros de confidencias hacia la quietud, algo necesario para escribir y pensar el mundo encapsulado en su cabeza. Existe, por otro lado, un sentimiento de frustración que lleva a no considerar al objeto lo mismo que el sujeto, de tal forma que el personaje, a pesar de narrar en primera persona, lo hace desde cierto distanciamiento. Se muestra lo risible desde objeciones a la aristocracia como clase social, sin tomar partido ni por la burguesía ni por los obreros. La nómina de mujeres evocadas lleva al personaje a un conflicto por no querer que una mancha quite la siguiente y esto es no sólo porque en todo el mundo no encuentre estímulos atractivos, que también. La forma de enamorarse Guermantes es plena y a la...

Cooltureta

Cooltureta no es un cómic. La portada ya lo deja bien claro. Tacha la palabra «cómic» e imprime «novela gráfica». Claro, no es de extrañar, es mucho más cool hoy en día hablar de novela gráfica que de ese género ya clásico del relato visual. ¿Pero qué es un cooltureta? Un cool de la cultura. Es decir, esos personajes que van por la vida haciendo alarde de lo cool que son, valiéndose para ello, sobre todo, del consumo de ciertos productos coolturales. Esos que viven en barrios cool (como Malasaña en Madrid), que comen comida cool (esa que parece escrita en otro idioma cuando la vemos en el menú del bar cool, el que tiene sillas que se usaban en otra época y una camarera que estudia teatro) y van a lugares cool (es decir, no van a sitios comerciales ni al bar de toda la vida). El protagonista de Cooltureta es un hombre, probablemente un treintañero, que se muda a un barrio cool, donde hay muchos negocios que venden ropa vintage, y bares-librerías. El treintañero va a un cine cool (porque quiere explotar la oferta cultural que le ofrece su nuevo barrio) que no es más que el Cine Doré, conocido también como «la filmo», y luego cruza a un reconocido bar de enfrente que ofrece tapas de autor. Esta es la entrada al libro, y las ilustraciones y el guión son tan buenos, que la verdad es que sentimos que estamos en esas aceras de la calle Santa Isabel junto a los personajes (estos, o los de la vida real). Luego, el treintañero, que quiere pertenecer al mundo cool, acudir a los sitios coolturetas, participa de algunos eventos, como una fiesta del coworking o un festival de cine independiente al que puede...

Liquidación

Editada en la sede mallorquina Sloper, su autor, que ha escrito tres ensayos anteriormente sobre cine y conoce de primera mano el tema y el campo de acción de su personaje Luis Dédalo, siembra controversias con ésta su primera novela que vende como de autodestrucción, siendo en este sentido la referencia, el género y modelo de autoayuda norteamericano, ya tan temiblemente agotado como lo está nuestra propia sociedad. En el libro aparecen sugeridos y narrados los mundos del 15-M y sus consecuencias, los comedores sociales pegados a los pocos y clasistas cines que aún existen en Madrid, el fin de una época que probablemente se clavó tanto en nuestra retina como una aguja hipodérmica. Porque también hay drogas, alcohol y vestigios, muchos vestigios de una época que fue sólo para algunos y en la que muchos de ellos fueron los cínicos que ahora enarbolan esas conciencias que quieren salirse del consumo y no pueden, obligadas a sobrevivir. Narrada en primera persona por este protagonista que no es más que un crítico del Séptimo Arte, cuya estela ideológica parece encontrarse entre el mejor Carlos Pumares y el elegante Antonio Gassett de Días de cine; su historia recuerda por lo de bajada a los infiernos a la de El crepúsculo de los dioses, aún a sabiendas de que no es el muerto en una piscina quién habla, sino el muerto en vida o el que no tiene donde caerse muerto, un inadaptado que somos todos, un desecho social que se empieza a ver a sí mismo como tal, a pesar del dinero que ganó, los polvos que echó o la droga que consumió. Porque el recuerdo que va de la retina al cerebro de aquel gran cine que tanto se reivindica, está hecho de pedazos, de...

Un belvedere y vistas al mar...

Este libro no es una, sino dos joyas, y hace un año que salió sin ser notado. Un belvedere y vistas al mar (Granada, Diputación de Granada, Colección Genil de Literatura, 2013), atribuido en la carátula al pintor, dibujante y diseñador gráfico granadino Claudio Sánchez Muros, es una auténtica rareza al alcance de cualquier bolsillo. Se trata de una edición facsimilar que la Diputación de Granada ha sacado a la luz en homenaje al que fuera uno de los maestros del diseño gráfico de nuestro país, fallecido en 2010. Ligado a la escritura poética desde sus colaboraciones con el grupo Poesía 70 hace más de cuarenta años, la escritura experimental y visualista fue una de las semillas de su concepción plástica y en Un belvedere y vistas al mar retorna Sánchez Muros a la relación entre discurso poético y discurso plástico. Por aquí se anda lo de las dos joyas, me explico: a comienzos de la década de 1990 el poeta Antonio Carvajal regaló al pintor un ejemplar de Extravagante jerarquía, libro en el que se recogían todos los poemarios que Carvajal había editado desde1968, cuando irrumpe en el panorama literario español con el excepcional Tigres en el jardín, hasta 1981 en que dio a publicación Sitio de Ballesteros. El pintor tomará el libro como cuaderno de dibujo y a lo largo de los años mantendrá un diálogo creativo con los poemas, iluminando las páginas de esa delicia para la inteligencia que es Extravagante jerarquía. No se trata de ilustraciones que más o menos pudieran representar gráficamente esta o aquella anécdota, sino de una obra convergente: los poemas incitan a la creación plástica de Sánchez Muros, que se derrama a capricho por la página. Casi siempre respeta el grafista el texto del poema, pero...

Volanderas

Volanderas es el último libro de relatos del escritor español Víctor García Antón, que nació en Teruel pero vive en Madrid. Son relatos como eslabones que enlazados en este libro conforman una cadena. Pero cada uno por sí solo es una pieza cerrada, si se quiere. Quiero decir: si rompemos la cadena, que en definitiva es el libro y su trabajo de recopilación y edición, igual quedan piezas que no necesariamente son para armar. Hablando de edición… La editorial que publica esta obra es Tres rosas amarillas, una librería imperdible del barrio de Malasaña que se aventuró también en el oficio de la edición. Al entrar en el local de la calle Espíritu Santo se nos estimula la vista con tanto libro álbum y libro objeto para niños -y no necesariamente para niños-, sobre todo importados. Pero volvamos a (las) Volanderas. Con ese título en el libro no podemos esperar de esta ficción nada fijado, nada establecido, nada anclado. Más bien algo efímero, algo improvisado. Son hojas volanderas, que en el relato «Las octavillas» son observadas por sus propios autores como hojas descartadas por los vecinos, hojas que éstos prefieren usar para avivar el fuego. Panfletos sociales, probablemente, que no interesan ser leídos. Son octavillas volanderas: tal vez unas propuestas sociales o de convivencia, escritas para compartir entre una comunidad, que seguramente se proponen organizar, establecer (algo), pero que se califican por lo accidental, por lo casual, por lo volandero. Todos los relatos nos hablan de una comunidad de habitantes que no participa del sistema. Una comunidad autogestionada, con sus propias reglas y juegos. Una comunidad habitada por personas que en la realidad de la ficción igualmente podrían llamarse personajes. Porque la vida cotidiana de esos personajes (ahora digo «personajes» desde aquí, desde este...

La vida dura

Flann O´Brien (seudónimo de Brian O’Nolan) es un escritor irlandés que vivió durante la primera mitad del siglo XX. Se caracteriza por ser uno de los mejores escritores de Irlanda según el canon occidental (que es casi lo mismo que decir: según Harold Bloom) y según la opinión de muchos escritores del siglo XX. Sus libros se reconocen por una prosa delirante, divertidísma y ocurrente, y por sus personajes insólitos. La vida dura es una novela satírica de la que brota, además, el absurdo que tanto caracteriza a las demás obras de este escritor, como El tercer policía y Crónica de Dalkey. Ya que la mencionamos, en Crónica de Dalkey, por ejemplo, teníamos un jugosísimo diálogo entre el personaje de De Selby y San Agustín. Aquí los diálogos (esos que no pueden faltar en una obra de O´Brien; esos que deberían servir de ejemplo de lo que es un buen diálogo en literatura), igual de contundentes, se dan sobre todo entre el señor Collopy y el padre Fahrt. De la misma manera que en Crónica… teníamos al padre Cobble, el jesuita de turno en La vida dura es el padre Fahrt, con ese apellido tan sonoro, que huele tanto a referencia semi-escatológica. Por su puesto otras constantes entre las obras son: el whisky (y las bebidas en general, y la cultura del alcohol y las borracheras), las conversaciones sobre el catolicismo, las ocupaciones misteriosas de algunos de los personajes masculinos, los diálogos intelectualoides… Un recurso interesante en La vida dura es el narrador: se trata de un narrador en primera persona pero que es mucho más testigo de los acontecimientos que protagonista, o siquiera participante. Quien narra es el menor de dos hermanos huérfanos que de pequeños pasan a estar bajo el cuidado del...

La casa verde

Compleja, remota a la vez que cercana, La casa verde se trata de una novela que tiene en William Faulkner su máxima inspiración. Una historia que representa el remoto boom latinoamericano y cuyos personajes son y fueron obsesiones del autor; sobre todo, dos: Lituma y la Chunga, a quién dedicó una obra de teatro, donde esta misma casa verde aparece como sociedad urbana frente a otro tipo de garitos que vemos menos distinguidos. Junto a Conversación en La Catedral se trata de su obra más minuciosamente epidérmica y rompedora. Tiene una estructura aparentemente sencilla (cuatro capítulos y epílogo) y utiliza un narrador pegado a los personajes que a veces desdobla su vitalidad o moribundez en monólogos que fuerzan el lenguaje de forma desacostumbrada. Empieza desde la religión y termina con su muerte y al mismo tiempo comienza desde lo marginal para autocelebrarse a veces en exceso. Los personajes nos resultan, como decía, familiares, si bien hay una sensación de claustrofobia a veces que la hace reductible en su disfrute leída hoy. El manejo de la violencia que en La fiesta del Chivo es manifiesto, aquí se contiene, pero permanece latente gracias a la fuerza de un lenguaje que a la vez abraza y defenestra, que mima y al mismo tiempo nos hace partícipes de esa tan bien pintada como siniestra Amazonía. Leerla pasada un tiempo y con la confrontación entre países posible puede llegar a suponer hasta un acto de venganza contra los más débiles. Lo realmente sobrecogedor es que mientras en España vivimos tiempos que a veces pensamos que son regresivos, el nivel de civilidad (que no civilización) nos hace menos mortales en una Santa María de Nieva o Piura donde aparentemente está todo por hacer. No aparece explícitamente Sendero Luminoso, al menos...

Poesía reunida. Philip Larkin...

Junto con el norteamericano Robert Lowell, el poeta inglés Philip Larkin (1922.1985) es quizá uno de los escritores extranjeros más leídos por las generaciones de poetas españoles que empezaron a salir a la luz a partir de la década de 1980. Puede que ello fuera debido a las coincidencias de visión estética entre la poética de lo cotidiano de Larkin y los intereses líricos de los entonces jóvenes ochentistas españoles que pasaban por las poéticas de la experiencia; o a algo quizá menos evidente, pero puede que más definitivo: la reinvención de la mirada realista que en aquel tiempo se empezó a fraguar tras el antirrealismo que dominó desde finales de la década de 1960. El caso es que el solitario y antipático poeta-bibliotecario encontró su sitio precisamente en la exploración de las vidas modestas, los aconteceres cotidianos y un discurso directo, natural y alejado de todo lo que no fuese una escritura antiornamental. A la altura de 1955, sus Engaños retaron a la santísima trinidad de la poesía en inglés (Yeats, Eliot y Pound) y buscaron el sentido precisamente al otro lado de la poesía, en la calle y en las vidas rutinarias de los habitantes de la ciudad. Poesía de clase media, sin alturas sublimes ni hondas simas de desesperación, sin otra aventura que no fuese la de seguir adelante con el día a día, sin más tragedias que las del vecindario, que curiosamente le llevó a la celebridad convirtiéndolo en uno de los escritores más leídos y populares de su tiempo. Hemos hablado de «reinvención del realismo» y esto de reinventar es más que evidente en la poesía que aspira a explorar la vida de la gente corriente y en el poeta que también construye su autoría como hombre corriente, sin...

Yo fui a E. G. B.

Son varios y distintos los fenómenos que, gracias a las redes sociales, han pasado de ser una idea a convertirse en producto con continuidad de followers en Internet. Este libro trufado de nostalgia y humor (firmado por Javier Ikaz y Jorge Díaz) es un claro ejemplo, que Plaza & Janés ha querido aprovechar y exprimir como un limón, llegándose en breve a la novena edición. La empatía e identificación en los capítulos está muy lograda, siendo el público objetivo no sólo la generación E.G.B., como el niño o niña que estudió gracias o a pesar de la LOGSE (ese plan de estudios por el que se educaba y jugaba a la vez). Nuestros padres, por entonces, tenían menos recursos; pero sí nos decían, y con eso también crecimos, que (a su edad) se jugaba más en la calle, que no había tiendas de golosinas (que empezaron a proliferar más en nuestra época); mientras éramos capaces de jugar con un Spectrum, hacer carátulas de discos o pelis sin necesidad de ordenador o reconocer (aún hoy lo hacemos) el chicle Cheiw Junior de fresa ácida a través de su olor. Viene ampliamente ilustrado con fotografías y dibujitos del momento, recreando desde nuestras series de televisión favoritas, hasta los prohibitivos dos rombos, que nos hacían meternos en la cama con curiosidad y miedo ante lo que pudiéramos ver, para contar al día siguiente en el cole. Esa memoria por la que hoy recordamos los diez primeros versos de la Canción del pirata de Espronceda, empezó a perderse y poco a poco nos hicimos adictos más a la imagen que a la fuerza de las palabras, sin embargo esta cultura de los iconos aún estaba medio en pañales y apenas nos sirvió para conocer una pequeña parte de...

Diario de invierno

«¿Y cuántas veces más contemplarás la luna llena?». Es una frase de Paul, pero de Bowles, no de Auster. Sin embargo, al terminar de leer Diario de invierno algo de este azar en los acontecimientos de la vida resuena y la cita se me vuelve inevitable. Paul Auster termina este libro de la misma manera que lo ha llevado a cabo: haciendo un recuento. En el inventario de sus películas favoritas aparece una de Bertolucci, quien llevó la novela de Paul Bowles, El cielo protector, al cine; pero Auster no la menciona porque no es su preferida. El escritor se refiere a El conformista. También hace un recuento de todos sus viajes, de los países por lo que pasó, de las ciudades, de sus traslados, de los aviones. No porque Auster sea un viajero en el sentido que lo era Bowles, sino simplemente porque ha vivido sesenta y cuatro años a la fecha en que escribe este diario. Y en sesenta y cuatro años se viaja muchas veces, y cuántas otras se frotará uno los ojos, se sonará la nariz, bostezará, se morderá los labios, o se pasará la mano por el pelo. Este es el recuento de acciones que hace Auster para cerrar su diario, y por supuesto, para saber que no hay manera de contarlo, solamente de saber que han sido muchas y que no le quedan infinitas, ni siquiera tantas. «¿Cuántas mañanas quedan?», se pregunta, como Bowles preguntó sobre la luna llena. «Has entrado en el invierno de tu vida» es la respuesta que Paul Auster se da en este diario donde se habla a sí mismo en segunda persona. Y entonces recobra sentido el título del libro que nos hace creer varias páginas que se llama así porque Auster lo...

La vida instrucciones de uso...

Una novela sorprendente. Abrumadora. Por algo consideramos a George Perec como uno de los gurús de las letras contemporáneas, y a ésta como una de sus obras más destacadas. El libro gira en torno a un puzzle, y un puzzle es. También lo podemos comparar con un tapiz, un trabajo de patchwork construido con las cosas -los objetos-, y en el que el decorado –la decoración- es una singular escenografía, pero también el reflejo de la personalidad de sus moradores; una mise en scène que es también la escena del crimen: el lugar en el que permanecen las huellas que pueden llevar al esclarecimiento de los hechos. La vida instrucciones de uso es un prodigioso despliegue de imaginación. Al final de la obra hay una extensa bibliografía, pero aun así es inimaginable como puede Perec manejar, retener y moldear semejante cantidad de información. Y son los detalles los que se sublevan y lo dominan todo con un imperio casi insoportable. Son los detalles los que van formando la novela por acumulación y dando paso a historias cada vez más sorprendentes y más inesperadas. Perec establece un canon cultural absolutamente alejado de lo habitual, que funciona, en ese sentido, como una enciclopedia. Sin que se parezca a ninguno de ellos, La vida instrucciones de uso nos hace pensar en el Decamerón y en las Mil y una noches por lo inagotable; en Tristam Shandy por su petulante sarcasmo; en el Ulises de Joyce por lo vertiginoso de su concepción global; y en los estudios del innombrable Mario Pratz por la intensidad de su mirada sobre la vida de los objetos y la trascendencia de la decoración. Pero sobre todo, ésta novela es una inmensa Rue del Percebe donde los pisos de un inmueble burgués pierden...

Trilogía mediterranea...

Bajo el título de trilogía mediterránea se vienen a publicar tres libros distintos de Lawrence Durrell cuyo nexo es la isla griega. Limones amargos son los de Chipre en los momentos de una revolución que llevó a la independencia del Imperio Británico. Es el texto más sólido de los tres, más interesante completo y cohesionado. Nos traslada desde la memoria del lugar, con anécdotas divertidas y retratos del paisanaje, al sugerente ensayo político cuyo valor es la inmediatez del autor a lo que cuenta, lo que lo convierte en una crónica. En Rodas se producen las Reflexiones sobre una venus marina. Durrell define la obra como un panorama. No es un relato de viaje sino los apuntes de una estancia, en los que el escritor intenta dar las claves de como la historia de un lugar, dispersa por el tiempo, pervive en la fábula, en los gestos, en la entonación, en las costumbres, con una mirada sentimental sobre el Sur. Culmina con un calendario de flores, algo que debería abrir cualquier guía de viajes. Corfú es La celda de Próspero. Para el autor es una guía, para el lector deviene una semblanza, el recuerdo de un tiempo pasado sobre un sustrato antropológico, tocado por la luz del sol y los colores del Mediterráneo. En las tres obras destaca el factor humano, el cariñoso acercamiento de un escritor británico a la luz y las costumbres griegas. También están marcadas por la guerra, a causa de la que Durrell abandonó Corfú, la misma que le llevaría a Rodas. Y otra guerra, demorada, que se gestó durante su estancia en Chipre. Lawrence Durrell habló griego, prestó importantes servicios al Imperio Británico en las islas y en Alejandría. Calificación: Curioso. Tipo de lector: Aficionados a Durrell y a...

Linterna Mágica

Ingmar Bergman hizo públicas sus memorias en 1988, el año en que nací, para que yo creciera conociendo sus más íntimas sinceridades gracias a esta afortunada casualidad. Y saber, así, de sus enfermedades indefinibles: los tartamudeos de un niño que no se decidiese a existir, para más tarde no dormir más de cuatro o cinco horas por su incontenible deseo de ser, considerándolo absolutamente todo como una cuestión de vida o muerte y a la vez sin demasiada importancia: pues, ¿qué puede significar ser director de 45 películas, 221 obras de teatro, 21 documentales, 11 dramas para televisión y escritor de 50 películas? Si Bergman señala, cuando asistió al discurso del abominable Hitler en Weimar, el «estallido de fuerza incontenible» como nunca antes había imaginado, hoy podemos citar sus propias palabras para aplicarlas a sí mismo. Una fuerza que se engendra por lo que él denomina relación erótica con el público, la cual trenza sus raíces en el amor como «el sentido profundo de la vida» pero, al mismo tiempo, su condición de dios iracundo y helado capaz de incendiar la cama de su propio hermano y que, aún aborreciendo su procedencia metafísica religiosa (¡qué pérdida para nuestros ojos que no filmase aquella película sobre Jesús para caer en manos de Zeffirelli!), no puede negar las trascendentales salvaciones heredadas: una perfección «que espanta la vida», una «autodisciplina de hierro» que se extasía con el orden, la puntualidad, el silencio y la letanía lírica de la repetición; todo lo cual aprendió arrodillándose para besar las manos de su padre, el pastor luterano, artífice de un amor áspero y teatral que señorea brutales castigos inclinados hacia «desmesuradas metas». En una atmósfera de soledad furiosa, fratricida y edipiana, que conducirá a Bergman a escapar de su estirpe...

El Plazo

El plazo (Madrid, Amargord, 2014) es un libro extraño, lo que no significa que sea de difícil disfrute. Todo lo contrario, apasiona. Olga Muñoz Carrasco (Madrid, 1973) ha explorado en su segundo poemario un territorio muy poco frecuentado por el discurso lírico y nos pone en las manos cuarenta y nueve poemas en prosa que dibujan la huella de un viaje iniciático al centro oscuro de la incertidumbre. Estos textos breves, tensos, elusivos, se nutren de una historia que bien pudiera haber imaginado el Conrad de The Heart of Darkness; tanta tiniebla, tanto corazón hay en El plazo, que uno piensa que casi se escribió escapando de la sombra de Kurtz. Olga Muñoz Carrasco nos ofrece la visión interior, subjetiva, de un sujeto poético (poliédrico, a veces una mujer sola, a veces acompañada de una pareja, a veces protectora y protegida de su familia) que escapa de algo nunca nombrado y busca una certeza que no encuentra, pues no hay sino camino en su peregrinaje y el final es comprender que no hay final: “Ahora nos hallamos en mitad del camino”, dice el último poema del libro. La historia de por qué la voz huye, busca, descansa, protege a sus crías, comparte con el otro, tiene miedo, parece haber encontrado un hueco de felicidad y luego la sospecha, pero conquista el camino y sigue adelante, esa historia, no se cuenta en El plazo. Está tan ausente en la trama que hilvana con hilo rojo los cuarenta y nueve fragmentos, como amenazadoramente  presente en cada palabra, en cada emoción, en cada gesto, en las acciones mínimas de los personajes que cruzan por estos poemas extraordinarios, que pueden leerse de manera independiente, como espacios textuales autónomos que son, pero que también admite (y a mí me...

Alexis o el tratado del inútil combate...

Cuando Margarite Yourcenar tenía 25 años escribió su primera novela: Alexis o el tratado del inútil combate. Como ella misma explica en el prólogo a este libro, que escribe en 1963, toma el nombre de Alexis de la segunda Égloga de Virgilio, y le hace eco al Tratado del inútil deseo de André Guide con la segunda parte del título. Treinta y cinco años después de escribir el libro, con ya 60 años, Yourcenar le agrega este prólogo explicativo y revelador a la obra. La escritura de la autora es críptica, pero ella misma le echa luz años más tarde. El formato de la narración en Alexis o el tratado… es una larga nota o carta que Alexis le deja a su mujer explicándole las razones por las que la abandona. Yourcenar prefiere decir simplemente que Alexis «es ante todo el retrato de una voz». Alexis abandona a Mónica porque son infelices antes y también después de tener un niño. Alexis no logra encontrar junto a ella ni el amor ni la pasión porque no está siendo fiel a sus verdaderas inclinaciones. Su vida profesional de músico también se ve obstruida a su lado. Entonces decide despedirse por escrito y marcharse. Alexis le explica las razones: es homosexual, aunque él nunca use esta palabra en su confesión. Recrea su infancia y su juventud para explicarle a Mónica quién es y cuándo tuvieron lugar en su vida experiencias que lo hicieron sentirse junto a la belleza. Pero evita la palabra que lo etiquete, conscientemente la evita: «Seguramente, me bastaría para hacerme comprender, con emplear unos términos precisos, que ni siquiera son indecentes porque son científicos. Pero no los emplearé. No creas que les tengo miedo: no se debe temer miedo a las palabras […]. Sencillamente,...

El ángel negro

La editorial almeriense Círculo Rojo promete.  Lo hace en esta ocasión, publicando el texto pergeñado por José Manuel Portero, escritor de El Rubio (Sevilla).Entrega una novela policíaca que, como debe ser en el siglo XXI, cuenta con comisarios cotillas que se fían más del WhattsApp o Internet que de sí mismos, así como un buen puñado de personajes, hijos de la crisis económica en que nos vemos envueltos. Existe elegancia en la propuesta, si bien muchas veces se rompe con la etiqueta de lo políticamente correcto. A su vez y sin caer en el galimatías, aunque echando de menos más precisión en el lenguaje de algunas partes, la obra de Portero recuerda a thrillers de acción como Grupo 7 y bebe en sus fuentes y argumentos de las tragedias intergeneracionales de las que se nutre Chirbes. Las pesquisas e investigaciones policiales, parecen querer dar un respiro al género negro como tal y, sobre todo, el autor parece sentirse cómodo describiendo y haciendo dialogar ágilmente sobre situaciones no sólo rocambolescas, sino con un punto de absurdo nada circunstancial. La elección de narradores es compleja y parece querer tomar esta vía con la intención de ir desnudando las aviesas intenciones de los personajes. Por ello, que empiece Ricardo contando qué sucedió al ver cómo unos neonazis trataron de quemar en el centro de Benalmádena a un mendigo inmigrante que duerme entre cartones en los bajos de una sucursal bancaria, nunca será casual para el lector; sobre todo cuando es en la segunda parte cuando Lino Ortega y su compañero toman las riendas del asunto. Planea sobre toda la trama la existencia de objetos relevantes por misteriosos, como son esas máscaras africanas, que el padre de Ricardo, Manuel, colecciona con ánimo de rendir homenaje no sólo a...

A puerta cerrada

Tres personas llegan al infierno: Garcin por haber maltratado a su esposa, Inés por haber provocado la muerte de un amante y Estelle por haber matado a su bebé. En ese infierno no hay hogueras sino sillones, no hay espejos ni ventanas, y no hay azar. Lo que hay es una situación planeada y calibrada. Son ellos tres, y no serán ni uno más ni uno menos. Esto es A puerta cerrada, obra teatral de Sartre. Sartre dice en La náusea: «Las tres, siempre es demasiado tarde o demasiado temprano para lo que uno quiere hacer». Inés dice en la obra: «Siempre se muere demasiado pronto o demasiado tarde». La náusea dice: «Los que viven en sociedad han aprendido a mirarse en los espejos, tal como los ven sus amigos». Estelle dice en A puerta cerrada: «Yo tengo seis espejos grandes en mi dormitorio. […]. Me veía tal y como los demás me veían…».  La náusea: «Yo soy mi pensamiento, por eso no puedo detenerme. Existo porque pienso… y no puedo dejar de pensar». A puerta cerrada, en boca de Inés: «Pueden coserse la boca o cortarse la lengua, qué más da: a pesar de todo, ¿no seguirán existiendo? ¿No seguirán pensando?». Y más y más paralelismos en frases. Son dos obras literarias diferentes, pero Sartre es uno. Es el intelectual que eligió la filosofía y la literatura para expresar sus ideas. No era solamente filósofo ni solamente escritor, era un pensador. Y en sus obras está el existencialismo desbordando a cada lado. Son ellas una excusa para abordar esta corriente filosófica. A puerta cerrada es una obra sobre el infierno. Cuando al final de la obra Sartre define lo que es el infierno en boca de su personaje Garcin, está creando una de...

Epistolario I (1873-1890), Sigmund Freud...

Este epistolario de Freud reúne las cartas que el padre del psicoanálisis envió entre los años 1873 y 1890. La gran mayoría (95 sobre un total de 106 cartas) están dirigidas a su mujer (entonces todavía novia) Martha Bernays; el resto, a colegas, familiares y amigos. El prefacio del libro, que fue escrito por Ernst L. Freud, hijo de Sigmund, en 1960, ya nos advierte lo meticuloso, dedicado y apasionado que era Freud con las cartas. Para él la actividad epistolar era una dedicación. Y se nota: ha dejado miles de cartas tras su muerte. Con este epistolario, el hijo de Freud se propone sacar a la luz las cartas de carácter más personal y se abstiene de incluir las de carácter netamente científico. El resultado del libro es la voz de Freud hablando de sus emociones, sentimientos, inquietudes, preocupaciones, viajes, ciudades, obras de arte, enfermedades, estados de ánimo, investigaciones, pacientes y hospitales, y opinando sobre la función de la mujer y el rol de la esposa (de un modo que no suena nada bien ahora en el siglo XXI), de una manera más cercana a la propia persona que fue Sigmund, imposible. En dos de las cartas que reúne este epistolario leemos a Freud recomendando a su destinatario que conserve las cartas que le envía puesto que «nunca se sabe lo que puede pasar». Es decir, se asoma un Freud que sospecha muy tempranamente que sus cartas serán de interés, a pesar de que es un Freud que todavía no vislumbra el Complejo de Edipo, que está aprendiendo y admirando maestros, que pelea por un puesto en el hospital, y que está rascando las posibilidades de publicación de artículos científicos para obtener algo de dinero, que es de lo que realmente carecía este...

Según la costumbre de las olas...

Casi desde el principio mismo de su fecunda carrera, Jenaro Talens nos viene ofreciendo de tanto en tanto libros en donde la poesía dialoga con la imagen. Esta aventura de libros compartidos, comenzó en 1970, en la edición ilustrada por Tomás March de Una perenne aurora, el tercer libro de un joven poeta que empezaba así a construir una de las obras más sólidas de la poesía española contemporánea. Su última incursión en la conversa de palabra e imagen (a la espera de la anunciada publicación del libro a medias con Alberto García Alix) es el musical Según la costumbre de las horas (Madrid, Salto de Página, 2013), sorprendente por la colaboración en los fotomontajes de la también excelente poeta y compañera de generación, Clara Janés. ¿Cómo decir? ¿Dos clásicos afinados en un concierto íntimo? Podría ser un intento de aproximación a la lectura de este libro. Cierto es que Talens y Janés son clásicos modernos y que los motivos que animan los textos son musicales. Marca la pauta una idea de convergencia poética a través de dos lenguajes diferentes, que ofrecen, por este orden, una obertura, un dúo, un «trío transfinito», un quinteto, un cuarteto, una fuga y un «encore» de cierre. No hay preeminencia de la palabra sobre la imagen o viceversa, los fotomontajes de Clara Janés no son ilustraciones de los poemas, ni el poema intenta descifrar la imagen, no son sino dos formas acompasadas de interpretar el mismo tema. Como aclaran los autores en las notas que cierran el volumen, el diálogo entre imagen y texto verbal surge de propuestas casuales: una ilustración de Janés da pie a un poema de Talens y poco a poco los poetas se van intercambiando intuiciones, pálpitos, que poco a poco se entrelazan sobre...

Luz de agosto

Leer a William Faulkner es encontrarse con la literatura, con el auténtico arte de escribir. Tal y como están las cosas, es reconciliarse con todo ello. Creo que fue Arturo Pérez Reverte el que acusó -a los escritores españoles de una época concreta- de seguir a Faulkner para quedar bien, de leer sus novelas y cuentos porque así quedaban dentro del círculo de los escritores de alto copete. Digo acusó porque lo afirmó con bastante mala baba. Y, una de dos, o no ha leído a William Faulkner o, si lo ha hecho, no se ha enterado de nada. Leer a este autor es un trabajo duro, entenderle todavía lo es más, comprender el sentido del humor que utiliza este autor sólo está al alcance de los que no se toman en serio ni el mundo ni a sí mismos ni, por supuesto, la literatura. Porque el mundo construido por Faulkner es grandioso, es gracioso, es profundo, es odioso. Es nuestro mundo disfrazado con harapos. Un universo atrapado por un aliento en la escritura difícil de seguir, por un tono altísimo en el que cada palabra elegida parece que estuviera allí esperando a ser utilizada; un universo plagado de personajes llenos de aristas, de escenarios retorcidos sobre su propia decadencia, de muerte, de ignorancia, de desidia. Luz de Agosto no es el libro más difícil de Faulkner. Ni el mejor. Pero en cada página se puede encontrar más literatura que en libros enteros. La trama policial ayuda a que el ritmo de lectura no sea duro en exceso y, sobre todo, la voz creada por el autor nos lleva de un lugar a otro sin esfuerzos añadidos. Una voz de alternancia limitada que va de personaje en personaje para que, desde el núcleo argumental, crezca un mundo entero en el que cada cosa...

El orden de las cosas (poemas escogidos 2000-2013)...

Siempre es bienvenida la poesía de Nuno Júdice, uno de los mejores escritores europeos y sin duda el más brillante de los que escriben hoy en lengua portuguesa, así que no queda sino celebrar la edición de la antología bilingüe El orden de las cosas (Poemas escogidos 2000-2003), que ha publicado la editorial valenciana Pre-Textos, al cuidado de Juan Carlos Reche. De obra caudalosa, que abarca la poesía, la novela, el teatro y el ensayo, Nuno Júdice (Mexilhoeira Grande, Algarve, 1949) ha alcanzado una merecida notoriedad en los círculos poéticos nuestro país gracias a haberse alzado el pasado año 2013 con el XXII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el más alto galardón que un poeta de lengua española o portuguesa puede recibir a los dos lados del océano. Una suerte para los lectores españoles, que seguramente irán viendo con más frecuencia en los estantes de novedades la firma de Júdice. Pero lo cierto es que, poco atentos a lo que se escribe en el país vecino, no suelen encontrarse con la normalidad deseable en los suplementos culturales españoles reseñas de la actualidad literaria portuguesa (amén de los nombres consabidos, por supuesto) y Nuno Júdice ha sido casi un secreto hasta no hace tanto. De hecho, aún queda por traducir al español la mayor parte de su producción, tarea muy necesaria, dada la originalidad de su escritura que desde una concepción contenida del estilo, siempre ajustado a un ritmo de naturalidad discursiva, que en poesía casi le acerca al tono conversacional en sus últimos libros, explora el caleidoscopio de las experiencias y las sensaciones con una hondura que produce simplemente pasmo. Tiempo habrá de comentar cómo se fragua esto en sus novelas, porque lo que nos llama hoy es la acertada selección de Juan...

Renacida – Diarios tempranos, 1947-1964...

David Rieff, ese hombre que escribió: «En retrospectiva, me doy cuenta de que mi madre nunca hablaba mucho sobre la muerte», tuvo que tomar una decisión: qué hacer con los escritos que su madre, Susan Sontag, dejó inéditos tras su muerte y sin instrucciones de cómo proceder ante ellos cuando ya no estuviera en este mundo. La escritora y ensayista no había dicho nada al respecto precisamente porque ella no asumía mucho su muerte, y en lugar de dar indicaciones sobre su obra en la etapa avanzada de su enfermedad, se encargó de pelear por vivir. Hasta el último día Sontag «inhaló con fuerza», y lo sabemos gracias al conmovedor relato que su hijo publicó tras la muerte de ella en The New York Times Magazine, titulado «Nadando en un mar de muerte». Susan Sontag comenzó en su adolescencia temprana a llevar un diario y es una costumbre que nunca la abandonó. Cuando su vida llegó al final, había alrededor de cien cuadernos que le habían servido de diario íntimo. David Rieff supo que si él mismo no decidía publicarlos, alguien lo haría por él. Renacida -Diarios tempranos, 1947-1964- es el primero de tres volúmenes que integran la selección de los diarios de Sontag. Por ser un diario, es un libro descarnado y sin filtros. No está medido, es explosivo, aunque por supuesto entre el original y esta publicación que le llega al lector media una edición, entre otras cosas, seguramente, para evitar aquellos pasajes irrelevantes como descripciones de las tareas cotidianas que ocupaban muchas páginas. La Susan de estos diarios tempranos es la mujer que no habla de la muerte pero por juventud, no por evasión. Es la que aún no sufrió su primer cáncer ni reflexionó sobre las metáforas del sida, ni...

666

Si la venganza es un plato que se sirve frío, lo maligno es un licor que se bebe a pequeños sorbos. Al menos así lo demuestra 666, un libro que, con menos de 100 páginas, engaña al lector que pretende devorarlo, pues con el punto final de cada uno de sus 6 relatos, la narración termina, pero el mal sigue al acecho y es necesario tomarse un tiempo para sacudir el espanto. Las autoras son seis escritoras españolas nacidas entre 1957 y 1971 que aportan igual número de miradas sobre el demonio y los artilugios usados para capturar y esclavizar a sus víctimas. Carmen Jiménez Gómez, editora de esta selección consiguió reunir tan variadas visiones como estilos narrativos para expresarlas. Historias que desvelan los más íntimos miedos y obsesiones de la sociedad de este milenio. Satán convertido en empresario que compra almas a cambio del éxito y la belleza que exigen las reglas de consumo; camuflado en el amor filial y sus cadenas de culpabilidad; habitando las sombras de una negada enfermedad mental o escribiendo cartas de amor a su esposa mientras dirige la construcción de campos de concentración. Al poner en la misma copa, la progresiva sensación de angustia que genera Elia Barceló con giros narrativos inesperados; el realismo escalofriante de Marta Sanz que sin conjuros ni apariciones impregna de terror la vida cotidiana, y añadiendo además la desconfianza y el rechazo que se producen al reconocer la cara buena del mal en el texto de Susana Vallejo, se logra ya una pócima infernal. Si a esto se agrega ese fragmento de vida de personajes cuya procedencia y destino se desconocen en la historia escrita por Esther García Llovet; la precisión extrema en el uso del lenguaje, sin sensiblerías ni manierismos que hace...

Estética fotográfica...

Conjunto de ensayos reunidos en orden cronológico por parte del comisario Joan Fontcuberta, fotógrafo y artista de la apropiación catalán, supone en su conjunto un volumen indispensable no sólo sobre historia de la fotografía, sino también acerca de las inquietudes que desde 1846 a 1965 ha llevado a artesanos, discípulos y maestros a definir el medio como campo sobre el que estudiar desde el arte y la ciencia a lo postmoderno. Desde William H. Fox Talbot, que ya hablaba de la dependencia con la pintura, pasando por Robert Demachy que empieza a diferenciar entre pictorialismo y pictoricismo, Henry Emerson o Peach Robinson. Al igual que le pasó al cine con el teatro, el hecho de que un día llegara Eastman Kodak a democratizar un terreno sólo vedado a unos pocos, hizo que en torno a esta disciplina se formasen alumnos aventajados y diletantes de toda especie. Esto explica la necesaria actitud de estudio y profundización que empezamos a notar en el texto de Paul Strand que saca a colación al primer fotógrafo reconocido que no quiso ser pintor: Alfred Stieglitz, alguien que demás quiso ser imitado por artistas al óleo. Especialmente poético es el de Salvador Dalí, que entronca con la tradición de Henri Cartier Bresson a través de Carl Georg Heise o Werner Graff. En un paso intermedio destacar la labor realizada sobre publicidad y fotoperiodismo, que tratan de no cargar en exceso las tintas sobre la ingenuidad en la composición y sí sobre la llegada de una especialización técnica, que sin obviar la visión psicológica en el retrato, profundice en algo más que una visión que desnaturaliza lo que toca (véase por ejemplo en el retrato de la mujer con Leica presente en el capítulo de Laszlo Moholy Nagy). Calificación: Muy interesante....

Amores minúsculos

Decir de este cómic que es una buena clase práctica sobre el aprovechamiento y diseño de páginas, que los gráficos tendentes a la caricatura que utiliza el autor son idóneos para lo que quiere contar, que está lleno de ironía y de sugerencias o que la tendencia hacia lo original está presente de principio a fin; decir esto, adelantaba, es quedarse en la superficie. Porque todo ello es verdad, pero sería, algo así, como quedarse en la cosmética sin rascar buscando tesoros. De entrada, el asunto con el que se enfrenta Alfonso Casas y con el que nos enfrenta a los lectores, es el amor. No como concepto o idea, no como búsqueda filosófica; nos pone delante de eso que nos pasa todos los días y evitamos o agarramos como si nos fuera la vida en ello. El amor como parte de nuestra frustración, de nuestros desayunos, de nuestros secretos, de nuestros errores o nuestra fortuna. Sin obligar narrativamente, sin vueltas de tuerca que busquen festivales de luz y de color. La vida es lo que es. La ficción es una representación de esta. Cada una tiene su propia coherencia. Pero no todo vale. Ni en una ni en otra. Por otra parte, los personajes crecen con cada frase, con cada gesto dibujado. Se perfilan bien desde el principio para que todo sea relevante y encuentre un sentido solvente. Ya con todo lo apuntado se intuye que este Amores Minúsculos es un buen cómic. Pero, además, el juego de Casas con el color y con los tonos es espléndido. Sin leer una sola frase podríamos saber el estado de ánimo de los personajes, qué relación tienen con el universo en un momento concreto. Esta es la primera obra en solitario de un autor que habrá que seguir con atención....

EL CASO DE LA MUJER ASESINADITA...

Construida en torno a una idea fantasmagórica y estrenada, por vez primera, en el Teatro María Guerrero de Madrid en 1946, el dramaturgo madrileño Miguel Mihura nos sitúa esta vez en un chalet de las afueras, una casa aristocrática parecida a la que fotografió Capra en Arsénico por compasión, aquella comedia negrísima protagonizada por Cary Grant. Escrita al alimón junto a su compañero de La Codorniz, Álvaro de la Iglesia, lo primero que confiesa el autor en una primera declaración de intenciones es que bajo el manto de comedia hay mucha tristeza. Tierna en muchos casos y escrita desde el ingenio y la desmesura, narra el deja-vú de un sueño, el de Mercedes, una mujer de alto copete a la que le gusta ver cómo sus criadas fuman Camel en su presencia, alguien capaz de detectar algo más que la realidad a través de ese sueño que simboliza la inútil y desesperada búsqueda de felicidad de las personas aburridas. Aficionada a la lectura de novelas que la convierten en una suerte de Bovary desclasada a la española, Mercedes recibirá la visita de extraños a su casa, no sin antes enterarse de que ha sido asesinada por un asunto de cuernos de su maridito Lorenzo con su mecanógrafa Raquel; el móvil es perfecto, si no es porque está allí Norton, un tipo que simboliza el progreso de los países anglosajones y que se nos aparece de primeras vestido de piel roja para, más tarde, convertirse en el jefe de Lorenzo y embaucador post-mortem de la misma Mercedes. La obra funciona como un mecanismo de relojería en cuanto a precisión y recurre a temas experimentados en otros medios por gente como Buñuel en El discreto encanto de la burguesía. Resulta, a pesar de ello, escénicamente muy...

El País del miedo

En El país del miedo, novela de Isaac Rosa, lo que hay para que ese miedo sea posible es un otro. Podemos tomar la tipología de las relaciones con el otro que propuso Todorov en La conquista de América. El problema del otro e identificar los tres ejes de los que él hablaba: el plano axiológico (juicios de valor acerca del otro: bueno o malo, superior o inferior…), el plano praxeológico (acercamiento o distanciamiento para con el otro: la sumisión al otro o la sumisión del otro) y el plano epistémico (conozco o ignoro al otro). En la novela de Isaac Rosa no hace falta rastrear con lupa para advertir este tipo de relación con o percepción del otro, pues ahí radica un poco el quid de la cuestión. Veamos… Carlos, el personaje principal de la novela, es uno y se la tendrá que ver con el otro al que teme. Ese otro se encarna en un sujeto concreto: un compañero del colegio de su hijo Pablo, que lo extorsiona con el propósito específico de obtener dinero. Pero también el otro son los grupos. Podemos hacer un listado de ellos, de a lo que Carlos teme: a los resentidos, a los pobres, a los mendigos, a los despojados (todos estos conforman lo que el narrador engloba bajo la etique de miedos clasistas), a los colectivos de inmigrantes (magrebíes, rumanos, albaneses, mafiosos rusos, gitanos… y la lista sigue), a los niños pobres, a las tribus adolescentes. Mientras tanto, en casa, su mujer echa a la empleada doméstica porque la declara responsable del robo de todos los objetos de valor o sin valor que han desaparecido y siguen desapareciendo día a día: películas, pendientes, dinero en efectivo. Y para completar la familia, Pablo, el hijo: un niño, no tan niño (aunque se lo trata como tal al punto de resultar ciertos pasajes de la novela no solo inverosímiles sino tediosos), víctima de una...

La vida en los ramajes...

El Premio Nacional de Poesía que concede cada año la Fundación Cultural Miguel Hernández es un buen termómetro para medir el pulso con el que escriben las voces jóvenes de nuestra lírica; el último ha sido concedido al primer libro de Olalla Castro, cantante y columnista del diario La Opinión de Granada. Parece que su pulso es de la mujer comprometida. La vida en los ramajes (Madrid, Devenir, 2013) es, en efecto, una clara expresión de ese giro de retorno hacia una conciencia social activa que se deja ver en algunas de las múltiples líneas poéticas de nuestra literatura más reciente. En el caso de Olalla Castro, su compromiso social nace de una mirada de mujer, de una autoafirmación de la mujer como sujeto deseante y de una exploración de las maneras de ser mujer en el mundo. Diríase más bien que en este poemario asistimos al desgranarse de una voz que se vive plena en femenino. La sección titulada precisamente «Los modos del deseo o la mujer-sujeto» es la que se levanta como el centro desde el que aquí se mira el mundo: el amor. El amor vivido como una elección de la que la mujer es la única dueña: «Casi con rabia horado tu perfil / dejo caer espuma en tus pestañas», dice quien en otro lugar titula un poema –reverso del tópico descanso del guerrero- «Hombre-oasis». Libre de toda atadura que no sea la voluntad deseante, en los poemas de Olalla Castro escuchamos una voz que rinde culto a las hermanas mayores, no faltan Emily Dickinson y Virginia Woolf y se agradece el recuerdo a Carmen de Burgos, Colombine, periodista, novelista injustamente olvidada y feminista que rehuía etiquetas fáciles. Desde aquí, desde la herencia del pensamiento de mujer, la autora de...

Estambul

Orhan Pamuk, Premio Nobel de literatura en 2006, confiesa -en Estambul– lo evidente: que la ciudad es un pretexto para hablar de su vida. De los recuerdos de la infancia y los afanes de la adolescencia. Esto no desmerece el retrato de la ciudad. Un retrato penetrante, nostálgico y parcial, demasiado repetitivo con algunos temas, demasiado cargado de topografía, pero hermoso y evocador. El escritor turco trabaja sobre la melancolía, sobre los objetos y los lugares, para relatar un despertar de los sentidos a caballo entre dos mundos: Oriente y Occidente, Asia y Europa, lo tradicional y lo moderno, lo religioso y lo secular, la pobreza y el bienestar, lo popular y lo burgués. Se aprovecha de un tono –no de una forma- proustiano en lo que es, en fin, un viaje a su propia infancia, al mundo de lo recordado; a Estambul, la ciudad añorada, soñada y querida. En algunos momentos nos interesa, o nos informa; en otros, y según va a avanzando la lectura, nos satura con sus propios fantasmas, con sus repeticiones y sus obviedades, aunque reconozcamos en sus líneas todas las infancias y todas las adolescencias. En todas las ciudades. Para Orhan Pamuk, Estambul es la ciudad visitada por los viajeros europeos. La mirada sobre la mirada en una especie de visión cruzada. Con Nerval, Gautier, Flaubert, d´Amicis. El basurero con los detritus del Imperio Otomano y de Bizancio. La gran urbe en construcción-destrucción de los años cincuenta. No existe visión alguna de la ciudad contemporánea si no es como el negativo de su relato. Como lo que ya no es. Y echamos de menos que ese hombre de cincuenta años, que confiesa ser incapaz de moverse de los espacios que habita desde pequeño, se asome a la ventana para...

Nada es verdad. Todo está permitido...

Nada es verdad, todo está permitido son, según parece, las últimas palabras que pronunció Hassan i Sabbah (precursor del terrorismo islámico y posiblemente el primer distribuidor de hachís como sustancia estupefaciente), de cuyo nombre se deriva la palabra Hassishem, consumidores de hachís pero también asesinos, una doble lectura que fue muy bien aprovechada en el célebre verso de Rimbaud, Voici le temps des Assassins. Nada es verdad, todo está permitido es también el titulo de un extenso volumen publicado recientemente por Alpha Decay en su siempre interesante catálogo, y en el que Servando Rocha realiza un recorrido por la otra historia del arte y la cultura, la menos oficiosa y más maldita, a partir del encuentro entre un octogenario William S. Burroughs, profundo admirador de Sabbah, y Kurt Cobain, veintañero rockero y profundo admirador de Burroughs, iconos de distintas épocas que compartían un espíritu inquieto y profundamente antisistema, cierta animadversión por el género humano y una prolongada etapa de autodestrucción, que si bien el escritor logró trascender hasta los 84 años, acabaría prematuramente con la vida del cantante cuando se suicidó, meses después de conocer a su ídolo literario El episodio en cuestión  le basta al autor para establecer una genealogía de la contracultura, rastreando las pocas fotos que se conservan de aquel encuentro y analizando los mas nimios detalles de las mismas para encontrar vínculos entre dos creadores tan generacionalmente alejados como espiritualmente afines, detalles que a priori pueden pasar desapercibidos, pero que una vez leídos resultan inusitadamente convincentes. Rocha se sirve incluso de los mas anecdóticos elementos, como el disco de Leadbelly que Cobain regaló a Burroughs (que alarga la sombra de su respectivo malditismo hasta la locura alcoholizada del legendario músico blues), para realizar un recorrido por la América mas salvaje...