Cine y religiosos: Las amistades peligrosas

de dioses y hombres

Las relaciones entre los religiosos y el cine siempre han sido polémicas. Parece que la postura ante la realidad del Papa Francisco atestigua una mayor apertura de miras al respecto. En cualquier caso, siempre han existido películas que, bien referidas a textos sagrados, bien queriendo acercar a la sociedad una nueva forma de pensar y actuar, han cuajado de diferente forma entre el público. Yo confieso, De dioses y hombres y La duda, sirven de ejemplos para analizar brevemente esta relación entre religiosos y cinematografía.

Si quisiéramos escribir un artículo sobre cine religioso al uso, ya sería triste tener que recurrir a los clásicos de Cecil B. De Mille, «La túnica sagrada» o «Los diez mandamientos», para hacerlo. Y digo esto no porque uno de sus artífices, Charlton Heston, fuera reconocido miembro de la Asociación Nacional del Rifle de Estados Unidos (que también) sino porque, sinceramente, pienso que los filmes que aún se programan a diario durante la Semana Santa en España –por ejemplo, los citados anteriormente- muestran una tolerancia cero con algunas cuestiones que han evolucionado enormemente en la sociedad actual. Esto es algo que quizás provenga de una idea equivocada del mal; ese concepto hoy tan banalizado y extendido que ya no se esconde sino que se enseña y espectaculariza desde el morbo que generan conductas, inspiraciones y hasta esencias consideradas antaño desviadas o criminalizadas.

Desde que Alfred Hitchcock filmase «Yo confieso» en 1953, la imagen de la Iglesia en el cine ha evolucionado no siempre a la par que la realidad o que a ciertos sectores reaccionarios de la misma. En este caso, el director británico afincado en Estados Unidos considerado por tantos como mago del suspense, ideó un guión en el que un sacerdote se hace cómplice (por encubrimiento) de un asesino amparándose en el secreto profesional, lo que hace que se torture de una manera claustrofóbica, llevándole su particular pecado (si es que lo es) a encerrarse cada vez en sí mismo. La música de Dimitri Tiomkin y la fotografía, en blanco y negro, de Robert Burks, son un instrumento indispensable para ahondar en esta temible sensación; una sensación polémica desde que la película se rodó y que hizo que el peculiar guiño por el que Hitchcock aparecía al menos durante un segundo como figurante en todas sus películas, se materializase en una imagen que recrea el mito de Sísifo a la perfección (recordemos esa escalera empinada en plano contrapicado y el figurante corriendo por una calle en el ángulo superior). La película contó como protagonista masculino con Montgomery Clift y con Anne Baxter en un papel femenino aún más turbador. Cosechó una nominación a la Palma de Oro de Cannes, sin ser premiada. En posteriores entrevistas, Hitchcock aseguraba que la película no estaba entre sus favoritas quizás porque el concepto que popularizó de macguffin, no estaba lo suficientemente desarrollado.

Para seguir con el espíritu contagiado por el Papa Francisco y desde el punto de vista de la teología de la liberación, destaco la película francesa de 2010, «De dioses y hombres», de Xavier Beauvois, con guión de Etienne Comar, un drama basado en hechos reales en el que se muestra la vida de unos monjes cistercieneses en un monasterio situado en las montañas del Magreb; todo es tranquilo hasta que una oleada de violencia entre los habitantes del pueblo más cercano amenaza la vida de estos religiosos que, a pesar de ello, deciden quedarse y resistir. La película está ambientada a finales del siglo XX y recibió el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes 2010, así como tres premios César (uno de ellos a la excelente y brumosa fotografía de Caroline Champetier) de la Academia francesa, siendo del mismo modo reconocida como mejor película por la Asociación de Críticos Norteamericanos. El film hace gala de la humanidad de unos actores, muchos de ellos no profesionales, que refuerza la idea de documental; fórmula idónea para contar esta historia. En el reparto destacaron Lambert Wilson, Michael Lonsdale y el camaleónico Olivier Rabourdin, entre otros muchos.

De un rigor y autocrítica increíbles, tenemos también la película de John Patrick Shanley, «La duda», filmada dos años antes que la anterior, pero que recomendamos ver después (si es que no lo hemos hecho ya). Se trata de un drama polémico con guión adaptado de una obra de teatro del mismo realizador, música de Howard Shore y fotografía de Roger Deakins. Está protagonizada por el malogrado actor Phillip Seymour Hoffman y por Meryl Streep. El primero interpreta a Flynn, un carismático sacerdote que se las ve y se las desea en su trato con la hermana Aloysius Beauvier, la estricta directora de una parroquia del Bronx que ha conseguido que se admita entre sus fieles a un niño negro llamado Donald Miller y al que Flynn presta demasiada atención. Ganadora del Premio Pulitzer y de un premio Toni en su adaptación teatral, la película cosechó cinco nominaciones a los Oscar, cuatro a los Globos de Oro, siendo reconocido su gran guión solo como nominación en este último escaparate de Hollywood.

Sirvan estos tres ejemplos para observar la evolución del cine desde sus inicios a nuestros días respecto a la figura del religioso y de un mundo cada vez más poliédrico donde, sobre todo, en este tercer caso, la polémica es más ambigua que otra cosa, quedando la inteligencia, madurez y sutileza de todo un gran elenco humano y técnico muy por encima del maniqueísmo o primitivismo de aquellos, por otra parte inocentes, ancestros.