Cómo convertir tu vida en un infierno

Patty Duke in Valley of the Dolls, 1967.

La fama, el éxito o el dinero, son algunas de las cosas por las que muchas personas estarían dispuestas a sacrificar su vida entera. Pero no está claro que todo sea maravilloso en el momento en que se alcanza notoriedad social, artística o económica. El Valle de las muñecas es una película que aborda este asunto con crudeza.

El éxito es eso que le queda grande a cualquiera y que suele acabar con la normalidad en la vida de las personas, eso que puede llegar a convertir la existencia en un vertedero. Esta es una afirmación que pudiera parecer algo exagerada, pero es la que manejó Mark Robson al filmar su película El Valle de las Muñecas (Valley of the Dolls, 1967). El realizador intenta mostrar y demostrar que el éxito está al alcance de unos pocos, que es envidiado por muchos; aunque es un territorio desconocido y hostil que termina triturando a las personas. Por supuesto, el camino hasta la fama es terrible y, en sus cunetas, quedan miles de personas cada año con la vida destrozada, vacía y sin posibilidad de retorno.

Robson presenta el mundo del espectáculo como una montaña rusa peligrosa, casi grotesca. Esa cara amable a la que tiene acceso todo aquel que observa no es más que estética inestable y falsa. Sobre ella, se llega a lo mejor y a lo peor sin apenas notarlo, en un mínimo instante; de esa zona que llamamos éxito y tanto envidiamos, a la del fracaso más absoluto, se pasa sin tiempo para comprender qué es lo que sucede. Todo es un reto tremendo. Por ejemplo, las relaciones de pareja, el mismo amor, se convierten en un impedimento para lograr las cotas más deseadas de fama o triunfo; como un obstáculo y como algo incierto.

El Valle de las muñecas nos muestra lo que supone el talento de un artista, para lo que sirve, la suerte que llega y se va, la importancia de un buen padrino y de los que te rodean o abandonan, el fracaso, la emoción que provoca subir a un escenario, la fama, la soledad en el declive. El glamour, el mundo del espectáculo o la fama, son mataderos del que sólo salen ilesos unos pocos que no olvidan nunca la zona más oscura del ser humano y se refugian en ellos para salir del paso. Se puede ser vanidoso, bello, atractivo, lo que sea; pero en el terreno del espectáculo eso no puede funcionar sin una cabeza fría y una buena dosis de maldad. Robson no se anda por las ramas y presenta su tesis con claridad y contundencia.

Basada en la novela de Jacqueline Susan, El Valle de las Muñecas retrata lo que fueron el final de la década de los años sesenta. Se centra en el mundo del espectáculo aunque es toda la sociedad la que se ve reflejada en una película tan intensa como cruda en su exposición.

El realizador utiliza diferentes registros narrativos para ir contando una historia que afecta, sobre todo, a sus tres personajes principales: Anne Welles, Neely O’Hara y Jennifer North (Barbara Parkins, Patty Duke y Sharon Tate, respectivamente). Procura romper la linealidad narrativa utilizando elipsis amplias e insertando imágenes a distintas velocidades y de otros tiempos distintos al presente del relato. El ritmo de la película es excelente y va del desenfreno absoluto (mientras se incide sobre la actividad del mundo del espectáculo) a la narración pausada de la intimidad de los personajes. Y todo para enviar un mensaje muy claro: la única forma de sobrevivir es mantener intactas las raíces personales.

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Anne (B. Parkins) se incorpora al excitante mundo de la farándula a través de un despacho de abogados para el que trabaja. Es su punto de vista el que prevalece durante buena parte del metraje. Ella, que no pertenece a los escenarios ni a las cámaras ni a los micrófonos, se verá afectada por ellos del mismo modo que las artistas. Su vida termina siendo un remolino incontrolado. El personaje interpretado por Patty Duke (Nelly) es el que nos muestra con detalle la vida de una artista de fama que sucumbe ante el éxito, ante su soberbia, las drogas y el alcohol. El contraste, entre lo que es y lo que quisiera haber sido, es brutal. Sharon Tate encarna al personaje que no dispone de talento alguno. Guapa, atractiva, pero sin nada que ofrecer a la cámara salvo un físico espectacular. Termina rodando películas pornográficas y profundamente perturbada por lo poco que consigue en la vida. Sharon Tate fue un símbolo sexual en Hollywood y sus condiciones como actriz no fueron nada del otro mundo.

Una excelente banda sonora, la estética pop, una feroz crítica al snobismo más estúpido, grandes cantidades de sustancias estupefacientes, infidelidad en cada esquina o la falsa amistad, forman parte de la trama de la película. Conviene echar un vistazo cuidadoso al personaje encarnado por Susan Hayward. Experiencia, carácter, egocentrismo controlado; todo ello fundamental para sobrevivir sin tener que utilizar drogas para soportar la presión. Es el personaje que no levanta los pies del suelo. Vivir la normalidad es tan duro como experimentar lo extraordinario, pero, tal vez, la única forma de no renunciar a ser.

Han pasado muchos años desde que se rodó El Valle de las Muñecas; sin embargo, es un trabajo que se puede ver hoy puesto que lo que trata es de absoluta actualidad.