Hécuba

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“Compadécete de mí, y situándote a distancia, como un pintor, mírame y considera qué desdichas tengo”

Hécuba es la gota que colma el vaso. Muchos lectores conocerán al personaje, a los demás no les importará que yo cuente aquí de nuevo una historia que se repite una vez y otra desde hace dos mil quinientos años.
Ha caído Troya. En el campamento de los vencedores, bajo las ruinas de las murallas, las mujeres troyanas se enfrentan a su futuro de esclavas. Han sido repartidas como presa entre los griegos y ya solo aguardan a que los vientos sean propicios para partir en las naves que las llevarán hacia el más triste exilio que hayan visto los tiempos. Hundida en la desgracia, la reina se lamenta de su destino. Nunca lo hubiera hecho. Porque una de las características de la tragedia es la capacidad para hundir a sus personajes en la noche oscura de un sufrimiento inimaginable, llevándolos hasta los límites mismos de la razón.
Hécuba cree que lo ha perdido todo: Troya ha sido borrada de la faz de la tierra, sus habitantes son dispersados, su marido Príamo y sus hijos han muerto defendiendo la patria; ella y las mujeres han tenido que acudir a un último acto desesperado tras el colapso, acogerse a sagrado, aferrándose a las estatuas de los dioses en busca de amparo y de clemencia. No les ha servido de nada.
Pero la función no ha comenzado. La soberana deberá ver todavía como su hija Políxena, apoyo de su vejez, es arrebatada para ser sacrificada en el túmulo de Aquiles. Apenas consumada la desgracia se desencadena el cataclismo, las olas traen a la orilla el cadáver de Polidoro, el benjamín, que se había refugiado con parte del tesoro de Troya bajo la protección de un amigo de la familia, rey de Tracia. Éste, corrompido por la avaricia, le ha asesinado arrojando después su cadáver al mar, que se lo devuelve a su madre.
Contra todo pronóstico, Hécuba y esas mujeres desgraciadas a las que ya no queda nada, conservan todavía un arma letal que nadie les podrá arrebatar, la palabra.
El tema profundo de Hécuba es la necesidad de una Justicia igual para todos, por encima de cualquier consideración y aun en las circunstancias más adversas. Del imperio de la ley como instrumento para poner de acuerdo incluso a los enemigos y unirlos en una causa común.
La obligación de los ciudadanos de acudir a un árbitro moral al que los mismos dioses están sometidos. En este sentido Eurípides es el dramaturgo más cercano a la mentalidad moderna por el tratamiento de sus temas, mucho más que los otros dos grandes, Sófocles y Esquilo, porque intentó, sin saberlo, escaparse del corsé del teatro clásico y caminar hacia la novela. Reajustó los mecanismos de la dramaturgia, atisbó que había algo más allá de la tragedia, los rostros infinitos de una humanidad sufriente y desconcertada –somos esclavos de los dioses, escribe en Orestes, sean lo que sean los dioses-, las múltiples facetas de la fantasía y la ficción.
Éste es el texto que se van a encontrar en el escenario del teatro Lope de Vega de Sevilla a partir del 27 de febrero. A pesar de todo.
Juan Mayorga, Premio Nacional de Teatro 2007, ha hecho un notable trabajo de actualización del lenguaje y de limpieza del original, pero se ha tomado ciertas libertades, en cuanto a la estructura y a la dosificación de la información, que enturbian el arranque, en aras del suspense y alteran alguno de los matices de la obra, que se desliza de esa manera peligrosamente hacia la venganza individual en vez de hacerlo hacia la Justicia solidaria. Desaparece así la referencia a la psicología del alma colectiva como una persona nueva y diferenciada del individuo, capaz de inquietar al poder y de sacar fuerzas de la flaqueza de los indignados. Opta pues el dramaturgo por desviar la mirada del espectador de asuntos que ponen la obra en actualidad y esa es una opción legítima pero discutible, con la que sí que consigue, en cambio, amplificar el efecto dramático en beneficio de la protagonista.
Concha Velasco es una actriz solvente y de capacidades demostradas, convoca y resuelve, pero no es la mejor elección para este personaje en el que es difícil no verla, todo el tiempo, como lo que es, Concha Velasco disfrazada de Hécuba. No está cercana y lejana a la vez, como requiere un papel que ha de ir haciendo equilibrios en la cuerda floja del hilo argumental, le falta esa actitud soberana y ese desvalimiento que la conviertan definitivamente en la caída reina de Troya. Hay que reconocerle, aun así, una destacada presencia escénica que se crece al final, rematando la obra con eficacia, asistida por la dirección y por la adaptación. Tampoco debe omitir este crítico el silencio religioso del público en el Teatro Español de Madrid, ni los aplausos enfervorecidos en el romano de Mérida, en cuyo festival se estrenó el verano pasado. Porque al fin y al cabo, es Concha Velasco y al público le gusta verla. No ayuda nada una caracterización que es desastrosa en general, pero que perjudica particularmente a la protagonista.
José Pedro Carrión y Juan Gea están impostadamente previsibles en los personajes de Agamenón y Ulises. Se salva la interpretación de María Isasi en el papel de Políxena, aunque no resulta demasiado creíble que se hable de ella como de la más hermosa de las mujeres troyanas, mientras que Luis Rallo reclama con su actitud actoral la parte del espectro de Polidoro que le ha sido arrebatada en la versión. La responsabilidad última parece ser del director, que mantiene a los actores deambulando por el escenario como zombis, que abusa de unos efectos de sonido y unas músicas psicodélicas para convocar quien sabe qué fantasmagorías e intentar explicar con ellas lo que ha permitido que se quite del texto. Que transforma el coro de los antiguos en unos desconcertantes lamentos de cantantes lloronas. Todo ello en una escenografía fea, inoportuna, anticuada e incoherente, donde los actores no terminan de encontrarse cómodos en el vertedero de sus desdichas, ni pueden aferrarse tampoco a otras ruinas de la ciudad perdida, más que a un trapo, rojo y desgarrado, rodeado de escombros. Algo que solo se sostiene contra los mármoles de Mérida. Un paisaje después de la batalla a medio camino entre la banda sonora de El planeta de los simios de Schaffner y los movimientos escenográficos del Thriller de Michael Jackson, en el que José Carlos Plaza ni siquiera sabe plantear una lectura para la duplicación de los cadáveres sobre el escenario.
Pero todo esto no debe ser obstáculo, sino acicate, para que los espectadores acudan a llenar la sala para opinar con sus propios razonamientos. Que lean o relean previamente el libreto de Eurípides para encontrarse con unos personajes, sobre un escenario, con veinticinco siglos de vida a sus espaldas, que no hacen más que acercarnos al gran teatro del mundo de hoy, con sus cadáveres que gritan arrojados sobre la arena de las playas; sus indignados clamando justicia y sus madres coraje imponiendo la tozuda Razón a los argumentos torticeros de los que engañan y dominan. Deben ir, porque por encima de críticas y de opiniones, los actores oficiarán en Sevilla un acto litúrgico con un texto sagrado, vivo. Lo harán con un intenso desgaste físico y emocional. Y para que su trabajo tenga sentido es necesaria la presencia sabia del espectador que todo lo entiende.