La épica de la sencillez

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En la trilogía cinematográfica a la que pertenece Rompiendo las olas, Von Trier recupera su obsesión adolescente por la capacidad de entrega del ser humano. El director danés lo hace además rindiendo un implícito homenaje a su compatriota Dreyer, y desplegando todos los recursos narrativos que el Manifiesto Dogma  pone a disposición de la historia del cine.

No puedo decir que Lars Von Trier sea uno de mis directores fetiches. Ni siquiera puedo decir que su filmografía y trayectoria profesional, aún calificándola de extraordinaria en el sentido literal de la palabra, me fascine. No puede negarse que su afán por romper lo establecido y ser el creador de Dogma 95,  uno de los movimientos cinematográficos más auténticos y vanguardistas, le ha elevado según algunos, a la categoría de creador e innovador cinematográfico. Sin embargo, buena parte de sus películas, especialmente las de su más reciente etapa creativa, exceden con creces el buen gusto y se dedican casi exclusivamente a dar rienda suelta a sus instintos pornográficos, mezclados con una buena dosis de sadomasoquismo nórdico.  Películas como Anticristo (2009) y Ninphomaniac (2013) no pueden calificarse más que de subversiones del subconsciente adolescente de un director  pagado de sí mismo y que ha decidido hacer, cinematográficamente hablando, de su capa un sayo.

Sin embargo, en medio de esta debacle sexual en la que se ha convertido últimamente su cine, Von Trier (el ‘von’ distinguido es un añadido personal a su apellido producto de su admiración por directores como von Stroheim y von Sternberg) nos ha brindado auténticas joyas del cine. Y probablemente sea Rompiendo las olas (Breaking the waves, 1996) el mejor paradigma de cómo la técnica depurada, cruda y realista producto del Manifiesto Dogma, y la poesía, las emociones y las obsesiones convertidas en fotogramas, pueden dar lo mejor de sí.

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Rompiendo las olas forma parte de una de las tantas trilogías en las a von Trier le gusta ordenar sus obsesiones. Llamada Golden Heart por el director, la conforman tres títulos básicos de su filmografía y que incluye además de esta película, Idioterne (1998), y la laureada Bailando en la oscuridad (Dancer in the dark, 2000). En esta trilogía el director pretende ahondar en una de las obsesiones adolescentes que le sigue acompañando en la edad adulta: la bondad y la capacidad de entrega del ser humano. Pero frente a Idioterne, más producto de su afán por plasmar su teoría de la realización cinematográfica, que fruto de sus anhelos emocionales, Rompiendo las olas y Bailando en la oscuridad poseen protagonistas femeninas que llevan su amor por los demás hasta el sacrificio extremo. Explora además la posibilidad de transformación del goce en experiencia con sentido, lo que exige ceder el cuerpo en aras de un objetivo superior, incomprensible para el resto de la sociedad.

El film cuenta la historia de Bess (la actriz Emily Watson, nominada al óscar por su admirable a la vez que sencilla interpretación de la protagonista),  una ingenua joven de un pueblo costero de Escocia,  que a principios de los setenta se enamora del forastero Jan (Stellan Skarsgård), quien trabaja en una plataforma petrolífera. A pesar de la oposición de la rígida comunidad puritana a la que pertenece, Bess y Jan, enamorados,  se casan. Tras la boda, él vuelve a su trabajo y ella cuenta los días esperando su vuelta. Bess, una creyente devota a quien la muerte de su hermano produjo una crisis emocional de la que parece recuperada, cree que el amor por su marido está bendecido por el cielo.  Pero un día sucede un terrible accidente que obliga a Bess a actuar en contra de los principios de la rígida sociedad en la que se crió para salvar la vida de Jan.

La metáfora que se esconde tras Breaking the waves, película que catapultó a von Trier y por la que recibió entre otros,  el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes, tiene mucho que ver con la admiración del director por su compatriota Carl Theodor Dreyer (1889-1968), uno de los grandes creadores del cine y sin lugar a dudas el más desconocido de todos ellos. Dreyer escribió en sus Apuntes sobre estilo que su cine buscaba las experiencias íntimas del hombre adentrándose en el misterio y en los conflictos interiores de los humanos. Von Trier hace suya esta filosofía, e inspirado directamente por la película de Dreyer La Palabra (Ordet,  1955), recupera el tema del milagro producto del sacrificio personal, un tema que rara vez el cine se ha atrevido a mostrar fuera del género religioso.

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Bess, la ingenua y a partes iguales neurótica y deliciosa protagonista, cree que a través de sus infinitas relaciones sexuales Jan se curará;  habla con Dios y hace lo que cree.  La protagonista se sitúa por encima de lo general, alcanzando la santidad a través de la prostitución. Si Bess es capaz de suspender la ética es porque inaugura una ética superior, la del deber absoluto, una ética del don del amor, como la Gertrud  (1965) de Dreyer.

Técnicamente von Trier no quiere perder de vista en Rompiendo las olas toda su teoría Dogma 95. Utiliza larguísimas tomas en continuidad —cámara en mano, como dictan sus propios cánones— e ingenia brillantes movimientos panorámicos de la cámara donde el fuera de campo y la profundidad se integran con habilidad, imprimiendo a estas tomas una cadencia o ritmo interno perfecto que no permite echar de menos un montaje tradicional de planos al corte. La luz natural, los espacios reales, crean una sensación de inmediatez, casi de reportaje. Al final de la película, la sutileza de la narración de una historia de amor con  tanta intensidad emocional, nos empuja a creer que solo un milagro puede ser el desenlace natural a tanta entrega.

Sorprende la forma en la que con tan pocos mimbres técnicos, con tanta simplicidad formal y sobre todo, con una narración tan sencilla, los personajes y especialmente Emily Watson como Bess, adquieran dimensiones casi épicas.  Bess es la reencarnación del espíritu de Anna Karenina, de Emma Bovary, de Ana Ozores.  Y como ellas, es una heroína clásica abocada a la tragedia.

Breaking the waves marca una línea excepcional de trabajo en la producción de Lars von Trier como cineasta. Con ella roza la exquisitez y el buen gusto. Ojalá que pronto recupere ese espíritu y nos deleite, de nuevo,  con un gran soneto cinematográfico. Esperemos ese milagro.