Sonetos

shakespeareretrato
He aquí la que probablemente sea la edición canónica en español de los sonetos de William Shakespeare, preparada por Jenaro Talens y Richard Waswo para el Instituto Shakespeare y que acaba de publicar en la colección Letras Universales la editorial Cátedra.

Hace cuatrocientos cincuenta años que nació el bardo en Stratford-upon-Avon, y suyo es el nombre de las letras inglesas. Celebremos que la modernidad de Shakespeare aún nos siga sorprendiendo. Personaje de vida enigmática, quizá fue de los primeros en dar la máxima importancia a la independencia de su obra respecto de su propia biografía, hasta tal punto que nos faltan los datos de personas, fechas y lugares que sus modelos, Dante y Petrarca, marcaron con claridad en sus respectivos corpus líricos. La discreción y el platónico buen gusto del amour cortois o la sinceridad más desnudamente verdadera nunca se pusieron mejor de manifiesto en la literatura que en estos sonetos que el propio Shakespeare quiso considerar como privadas bagatelas y por cuya publicación no mostró demasiado interés, aunque circularan en copias manuscritas, como era común en la Europa de entonces. Fue el impresor Thomas Thorpe, afortunadamente, quien los reunió no se sabe muy bien cómo y los editó en libro en 1609, ya en declive la moda petrarquista. Gran acierto, en cualquier caso, pues supo dar publicidad merecida a esta poesía íntima, la del amigo para el amigo, la de los pequeños billetes encendidos de pasión para la misteriosa dama morena o la que se crece sobre ambiguas cortesanías dirigidas a apuestos jóvenes, que han sido interpretados como testimonio de ciertas actitudes bisexuales propias de las cortes renacentistas europeas. Editores posteriores consideraron tan escandalosos algunos de estos poemas que le enmendaron la plana al bardo y hasta anduvieron trastocando los pronombres; pero esto no son más que absurdos prejuicios, pues el verdadero valor de la poesía lírica de Shakespeare lo aclara Richard Waswo en su acertadísima introducción: “lo que sí ofrece es el análisis más completo y variado del tema central de toda la tradición, la psicología del amor”. No se puede decir con más claridad.

La edición es bilingüe, se pueden disfrutar los poemas en la lengua en la que fueron escritos, pero lo que la hace canónica para la lengua española no es el respeto escrupuloso de las anglosajonas, que también, sino las valientes versiones de Jenaro Talens, capaces de recrear el original con toda la compleja variedad de registros de un poeta que lee a otro poeta desde la más profunda comunión estética. Hay amor en estas versiones, amor a Shakesperare, por supuesto, amor a la poesía y amor a la palabra. Un trabajo de años, postergado por diversas vicisitudes, retomado al fin en la madurez de la capacidad de Talens como poeta; no diré como traductor, sino, eso, como poeta, porque el hálito de grandeza que trasladan sus versiones -el mejor homenaje que puede hacerse a las “bagatelas” de Shakespeare- habría sido imposible de lograr si no se hubiese enfrentado con el riesgo y la pasión de alguien que se escribe a sí mismo en las palabras de otro. Barrunto que en español pocas veces sonarán mejor los breves poemas amorosos del gran clásico de las letras inglesas: la variedad de registros lingüísticos y retóricos empleados, la sabia traslación rítmica del tan particular soneto shakespereano, los riesgos interpretativos, han dado como resultado una lectura que trae vivo y presente al lector hispano estos ciento cincuenta y cuatro poemas imprescindibles. Las notas al pie que aporta Richard Waswo son las precisas y necesarias, iluminan, pero no entorpecen la lectura; como su introducción general, clara, útil y sabia, acompañada de una muy selecta bibliografía que ahorra al lector curioso sumergirse en los océanos procelosos de los estudios shakespeareanos y seguir una ruta certera para llegar al más agradecido puerto.

Ahora, en tiempos oscuros, me resultan más que familiares las alegorías comerciales y leguleyas del soneto 49 o el desprecio de la fama ante la verdadera grandeza que sólo se alcanza por el amor, declarada con contundencia en el soneto 71, o la eternidad de la vida que queda cifrada en el arte, tal como enseña el soneto 81 -el romántico John Keats seguro que lo tuvo en mente más de una vez. “En mi favor no puedo alegar nada”, sino que leer a Shakespeare es comprender por qué la gran poesía, además de una forma de conocimiento, es un placer difícilmente superable.

Calificación: Lo mejor de lo mejor
Tipo de lectura: Imprescindible.
Tipo de lector: El exquisito o el común de los mortales.
¿Dónde puede leerse?: En cualquier momento y lugar.