Stockholm: Los extremos de la juventud Abr08

Stockholm: Los extremos de la juventud...

Una de las sorpresas más agradables del año 2013. Eso es Stockholm. Aunque la película no es perfecta, funciona. Buen guión (con algunos errores en su primera parte), excelentes interpretaciones, un delicado movimiento de cámara, encuadres acertados, una fotografía exquisita y una música que no invade y matiza la imagen cuando suena. Rodrigo Sorogoyen sabe muy bien lo que quiere desde la primera escena. Y no deja ver dudas en su dirección. Sabe que si no consigue dibujar bien los personajes la propuesta no puede funcionar. Sabe que si no presenta el entorno -una noche cualquiera en Madrid- como parte misma de la trama, nada terminará de cuajar. Sabe que debe exprimir a sus protagonistas. Para ello busca encuadres diversos con los que acerca o separa a los protagonistas, desenfoca parte de la imagen para que el punto de vista quede claro o busca localizaciones como, por ejemplo, una terraza que nos lleva de lo idílico al desasosiego. Sorogoyen nos enseña los extremos de la juventud. La verdad y la mentira; la inmortalidad y la muerte; la fortaleza y la fragilidad; el amor y el odio; la ficción mágica y la voraz realidad; lo luminoso y lo oscuro; el día y la noche; el egoísmo y la generosidad. Y en el movimiento pendular de los factores que se contraponen, va construyendo un clima y unos personajes exquisitos. El guión recuerda claramente, en su primera parte, a la película de Richard Linklater Antes del amanecer. Dos jóvenes se conocen y establecen una relación desde el diálogo que crece cada minuto. Es en esa zona de exposición narrativa donde se encuentran los problemas de ese guión. Todo parece algo artificial, especialmente pensado para que aquello sea idílico sin serlo, pensado para que se vierta inteligencia en...

José María Merino

Los escritores jóvenes, siempre, quieren parecerse a otros más veteranos; a los que, por alguna razón, admiran. Yo que he sido joven (aunque a estas alturas me parezca mentira) quise parecerme a algunos de ellos. A Faulkner por su dominio absoluto del lenguaje, a Vargas Llosa por su capacidad para desarrollar una novela total y a José María Merino por su capacidad de fabulación, por su intuición al escribir, por saber agarrar lo cotidiano y convertirlo en ficción. Prologó la segunda de mis novelas y eso me produjo gran satisfacción; una alegría parecida a la que sentí cuando supe que el 27 de marzo de 2008 ingresaría en la Real Academia Española para ocupar la silla m. José María Merino me recibe en su casa. Me sigue pareciendo el mismo hombre cercano, sencillo, amable y sabio, que conocí hace años. Llega una gatita joven que se estira arqueando el lomo y escapa cuando alargo el brazo para acariciarle. Ya sentados, mientras nos preguntamos sobre cómo nos van las cosas al uno y al otro, me fijo en el precioso reloj de pared que tengo a mi derecha. El péndulo es enorme. Sirve de metrónomo para la conversación que comienza sobre escritura, cultura, lo divino y lo humano. Me intereso por su trabajo en la Real Academia Española. Antes de contestar, me parece ver que el académico cruza las piernas y arquea ligeramente la espalda. Tal vez quiera escapar de lo solemne, arrimarse a un discurso claro y asequible. «En la Real Academia Española se hace lo mismo hoy que hace trescientos años. Los académicos trabajamos con las palabras, con el diccionario. Aunque, lamentablemente, en la actualidad tengamos que hablar, más tiempo de lo deseado, del bajo presupuesto con el que contamos y de cómo...