After dark: Lo conmovedor de encontrarse...

Quizá en época de exámenes, o en el campamento de verano; por culpa de un café muy cargado tomado a deshora, por amor o desamor. Casi todos hemos pasado una noche en blanco en la que recorrimos la casa en silencio, deambulamos por bares vacíos, intercambiamos confidencias con un amigo u observamos desde nuestra ventana las figuras humanas que pululan frente a otras ventanas, sin poder o sin querer dormir. Conocemos la sensación, sabemos que la noche lo envuelve todo con un misterioso velo de irrealidad que se hace particularmente tangible con la llegada de las primeras luces. Durante la noche somos más peligrosos y a la vez más accesibles, los sentidos permanecen alerta y los acontecimientos adquieren perfiles caprichosos, como las figuras reflejadas en los espejos deformantes de los laberintos de feria. No es tarea sencilla retratar la noche con palabras, captar esa mezcla de farsa y franqueza, ese aire denso y turbador. No es fácil, pero Haruki Mukarami lo consigue en After Dark. La novela discurre entre las 23.55 y las 6.53, aunque la hora se nos facilita con menor precisión en un pequeño reloj analógico dibujado al inicio de cada capítulo. Ese recurso a la imagen explícita no solo no cede con el uso del lenguaje escrito, sino que se refuerza a lo largo de todo el texto, de modo que el narrador torna en cámara subjetiva a través de la cual el lector puede observar lo que ocurre con más nitidez que si ojeara el storyboard de una futura filmación. Tal y como suena, After Dark se ve; es una película hasta por la forma en la que se suceden los capítulos, dispuestos como en un montaje cinematográfico urdido con habilidad para convertirse en un elemento más al servicio de...