Hilda Farfante: Del espanto y de la felicidad...

El destino hizo que Hilda Farfante y el que escribe nos arrimásemos, uno al otro, hace ya muchos años. He escuchado a Hilda contar muchas cosas acerca de su vida, en muchos momentos distintos, en diversos lugares. Me une a ella un enorme sentimiento de admiración. Hilda tiene ochenta y dos años; es maestra y directora escolar (cargo conseguido al opositar) además de licenciada en pedagogía; aunque el título que más le gusta es el de hija de los maestros asesinados de Cangas de Narcea. Me dice que es maestra porque aquellos eran unos estudios muy bonitos para una mujer y, además, baratos. Por otra parte, eran casi los únicos que podía realizar. Hilda, ¿qué queda de aquel proyecto que comenzaron a construir cientos de hombres y mujeres durante la II República? No deja de jugar con un bolígrafo que tiene la punta doblada. Me he fijado, mientras toma algunas notas de lo que voy diciendo, en que el trazo de Hilda es duro y ágil. «Yo creo que hoy en día hay mucho de aquello. Fue durante los cuarenta años de dictadura cuando la educación reposaba en un auténtico desierto. Demasiado tiempo dentro de un lavadero de cerebros». Me quejo. Tímidamente, pero me quejo. Porque creo que sí se han perdido cosas preciosas. Le pongo un par de ejemplos. El santo respeto por el niño. El arte de perder el tiempo como parte del aprendizaje. «Tienes algo de razón. Pero lo fundamental, lo que se procura salvar y potenciar a toda costa es la escuela de todos (es decir la escuela pública) y para todos (hombres y mujeres, ricos y pobres; en igualdad). Ese concepto engloba esas cosas tan bonitas que mencionas. Primero lo fundamental y, una vez conseguido, moldear cada parte. Y...