El hablador

Hace poco, en su artículo del diario El Pais, Juan Goytisolo hablaba de Amazonia verbal para referirse al escritor peruano Mario Vargas Llosa. Y está todo dicho. Cierto que Goytisolo se refería a La Casa Verde, pero esa expresión es más perfecta si cabe para El hablador. Ya verán porqué cuando la lean. Mario Vargas Llosa es un gran investigador, un constructor del lenguaje, creador en el sentido más amplio de la palabra. Su maestría se afirma sobre unas arquitecturas elaboradas e impecables. Aquí esa estructura es dual, con dos relatos que se complementan, que se confrontan, que se enriquecen mutuamente y finalmente se explican uno a otro. Hay una ingente labor etnográfica, lingüística y documental. No se anda el escritor con chiquitas. Trabaja, trabaja y trabaja hasta la perfección. E investiga sobre la selva, su poder, su atracción, sus habitantes. La pureza de las culturas, la influencia de unas sobre otras, del relativismo moral –ahora sí- que se desprende de la multiculturalidad. Provocándonos interrogantes con los que cualquier persona interesada en los seres humanos y sus relaciones se sentirá identificada. Al través de su obra, rica, poderosa, Vargas Llosa va narrando su patria –Conversación en la catedral-, su adolescencia –la ciudad y los perros– y juventud –La tía Julia y el escribidor-, su deambular político –¿Quién mató a Palomino Molero?-, convirtiendo el Perú y sus cosas en un profuso caleidoscopio. La exuberancia de la literatura latinoamericana no se explica. Simplemente se manifiesta en novelas como ésta. Calificación: Espléndida. Tipo de lector: Indispensable para los aficionados a los latinoamericanos. Tipo de lectura: Prolija. Argumento: Intenso. Personajes: Complejos. ¿Dónde puede leerse?: En la...

El héroe discreto

A fin de dejar resueltas cuanto antes las cuestiones más espinosas, diré en primer lugar que soy perfectamente consciente de que atreverse a comentar, desde la perspectiva de una simple lectora, la última novela publicada por un autor galardonado, entre otros muchos, con el premio Nobel de literatura, es al mismo tiempo un órdago intrascendente y una osadía descomunal que, no obstante, considero perfectamente disculpables, porque para quién se escriben los libros si no para los lectores como usted y como yo, ávidos de tenerlos entre las manos y disfrutarlos. En segundo término, y dado que me resultan inevitables las comparaciones, quizá lo más honesto sea reconocer que la novela El héroe discreto (2013) está, en mi opinión, a años luz de alcanzar la calidad de La Fiesta del Chivo (2000), título este último que considero la mejor obra de Mario Vargas Llosa con diferencia y que, por eso mismo, ocupa un lugar muy destacado entre mis libros favoritos. Así pues, si bien es cierto –utilizando un símil deportivo- que el título de hoy parece jugar en otra liga, no lo es menos que su lectura fluye con facilidad y placer, y reúne condiciones para proporcionar ese disfrute especialísimo, tan característico del viaje a través de los vericuetos de una prosa de factura impecable, aun cuando las veintitantas últimas páginas resulten un poco morosas y el desenlace de la trama deje una cierta sensación de fiasco. Las principales líneas argumentales de la novela giran en torno a dos figuras masculinas con algunos rasgos comunes, entre los que destaca particularmente su marcada virilidad, en el sentido más clásico del término. De un lado, el empresario del ramo del transporte Felícito Yanaqué, cincuentón afincado en Piura y hombre hecho a sí mismo, quien, un mal día,...