Hopper

El poeta y traductor canadiense, además de profesor en la Universidad de Columbia, Mark Strand, nos ofrece su visión sobre el pintor por antonomasia del siglo XX, un pintor sin el que no entenderíamos gran parte de la literatura norteamericana traducida en español, dado que en los libros, las cubiertas reproducen en muchos casos sus obras. Con traducción y prólogo de Juan Antonio Montiel para Lumen, el libro se debe leer como el mejor scotch whisky, a tragos cortos y saboreándolo; un total de treinta cuadros nos son acompañados con somera descripción de rasgos, trabajo sobre la luz y volúmenes ampliando las perspectivas de interpretación; y es que en Hopper forma y contenido son la misma cosa, de ahí que la poesía prestada se agradezca sobremanera en un trabajo con el espacio que, al igual que el lienzo, opta por no sobrecargarse a sí mismo para describir con cierto poder hipnótico de las palabras, y a la vez, sin dejar de lado la exhaustividad en el análisis. Además de reiterar cómo los cuadros del artista forman parte del imaginario colectivo de cualquier habitante de los años 40, se ahonda en esa sensación de soledad y lejanía/cercanía que da el pausado visionado o contemplación de los mismos. De alguna forma sucede como si en esos escenarios fabricados con una luz mental propia que da el trabajo en el estudio, habitasen espacios con puertas abiertas donde el espectador pudiese entrar y salir con la misma comodidad y desasosiego que de un trozo de vida que, a la vez, le incomoda y le resulta necesario. Muchos son los favoritos que incluso por encima del conocidísimo “Aves nocturnas”, sobresalen: “Gasolina”, apto para conductores que reservan y usan la adrenalina de las carreteras secundarias; “Primeras horas de una mañana...