Misántropo: La puerta de atrás queda abierta Jun03

Misántropo: La puerta de atrás queda abierta...

Miguel del Arco se ha convertido en apenas cuatro años, con media docena de montajes, en uno de los renovadores indiscutibles de la escena. Lo hace desde la inteligencia de los textos, la habilidad al adaptar y el saber rodearse de actores eficaces. Todos ellos logran arrancarnos de la realidad para que podamos plantearnos el mundo sin el sometimiento que provoca la cantidad de información descomunal que recibimos a diario. El clásico de Molière, es atravesado por el viento fresco de una versión perfecta, limpia de impurezas, barrida en el sentido de la sociedad contemporánea. Es la clave de una función excelente. Todo es mentira. Las relaciones sociales y el sistema político están envueltos en un halo de falsedad al que denominamos «reglas de juego». Solamente el teatro, con su simulación, puede denunciar esta situación para que averigüemos si queremos cambiarla. Quizás no. Y por eso la crítica se sucede siglo tras siglo. Todos somos hechos presos, más tarde o más temprano, del desencanto y el pesimismo ante una hipocresía que, sin embargo, practicamos. Molière escribió este drama en verso en 1666, profundamente desengañado por un desencuentro amoroso, afectado de enfermedades -reales o imaginarias- que se lo llevarían a la tumba directamente desde el escenario. Miguel del Arco decide hacer suya la obra con una versión que traslada lo que es más decisivo en el texto hasta nuestro siglo XXI, conservando un tono ilustrado para los diálogos que, no obstante, fluyen dichos por los actores. Le añade los conceptos y los matices con los que otros pensadores han complementado las investigaciones del dramaturgo francés sobre la condición humana, a lo largo de trescientos años, elaborando así una especie de digestión del clásico para que el espectador lo pueda recibir y comprender sin interferencias. Será...