La ausencia dibujada en la mirada...

Uno, con la edad, logra intuir la importancia de las cosas. Hoy, es una de esas ocasiones en las que la sensación es inequívoca. Antes de comenzar a charlar, decido abrir fuego con la artillería pesada. Quiero que Núria Espert sepa lo importante que es para mí poder hablar con ella. De niño, me tocó vivir un ambiente en el que no nos amenazaban con el hombre del saco. Lo hacían con una especie de monstruos libertinos y peligrosos que se reconocían porque se les veía subidos en los escenarios. Eso es lo que viví durante mi niñez y fue algo que arrastre durante mucho tiempo de forma irracional. Pero escuché a Núria Espert, hace muchos años por primera vez, y descubrí que aquello que me habían dicho siendo mucho mucho más jovencito era una enorme mentira. Se ríe y me pide con énfasis que comencemos. ¿El teatro se aprende en el escenario? ¿Garantiza algo, por poco que sea, el paso de los nuevos actores y actrices por las escuelas de interpretación? «En el mundo del arte, nada garantiza nada. Hay actores que nacen siéndolo y hay quien se va haciendo clase a clase, lectura a lectura y representación a representación. No existen modelos de aprendizaje fijos ni cerrados. Lo mismo pasa en cualquier manifestación artística sea del tipo que sea. Lo ideal sería nacer con facultades imprescindibles y caer, después, en manos de los mejores profesores. Si más tarde el sujeto fuera contratado por una compañía compuesta por gente entregada, modélica y pasional, todo sería perfecto. Pero no conozco a nadie que tenga o haya tenido todo esto. Unos tienen una parte, otros poseen la otra. Eso sí, se tenga una cosa u otra, lo que no puede faltar en ningún caso son...

Poseida por sí misma May20

Poseida por sí misma...

LA VIOLACIÓN DE LUCRECIA Teatro de La Abadía Madrid, 8 de mayo a 1 de junio Durante el reestreno de La violación de Lucrecia en Madrid, Nuria Espert titubeó una vez, imperceptiblemente, quizás para demostrarnos con ello que es humana. Lo demás fue un trance desde el principio hasta el final. Una suspensión sobrenatural de hora y media en la que el poema dramático manó como una fuente imparable con el chorro de su voz, modulada y precisa. Ser grande arrastra la maldición de estar siempre a la altura de las circunstancias, de gestionar el mito, de elegir con acierto textos y colaboradores; mostrarse con señorío ante la prensa y flirtear con diletantes e intelectuales, permaneciendo siempre en un lugar diferenciado. Investigar. Pero sobre todo es el sacrificio del trabajo, de la repetición extenuante, de la composición, de esa memorización prodigiosa que nunca deja de aturdirnos: la del libreto, la de los movimientos escénicos, la retentiva de los sentimientos -sin simulación- sobre las tablas de un escenario, sin derecho a equivocarse, delante de cientos de ojos que juzgan sin concesiones. Nuria Espert es grande. Pero más allá de la grandeza y los honores están las dudas en la creación de un personaje –o de muchos como en este caso- el dominio de la técnica, la experiencia y la sabiduría, la generosidad de ponerse sin reservas en manos de un director. Por eso la actriz es también trabajadora, humilde y astuta. El resultado es una de las representaciones teatrales más importantes en muchos años. La violación de Lucrecia provocó la caída del régimen. El hijo de un rey fue acusado de ese acto infame, porque la mujer, abusando del último acto de dignidad que le quedaba, se quitó la vida. Los ciudadanos de Roma, deshonrados...