Lo sucio y lo bello Abr01

Lo sucio y lo bello

Holly Gollightly es más que un personaje literario desde que lo crease Truman Capote, en 1950; una criatura sureña que fue a parar con sus huesos a una Nueva York decadente a la que abrumaban los vestigios de la Segunda Guerra Mundial, así como el nacimiento de organizaciones mafiosas que comenzaban a traficar con drogas de todo tipo; una criatura llamada a representar una realidad extravagante que Capote exprimió al máximo durante su carrera literaria. La novela corta, «Desayuno en Tiffany’s», es una joya de la literatura del siglo XX en la que la voz narrativa se encarna en escritor testigo de las acciones, de lo que ve y de lo que siente esta adorable prostituta (no olvidemos la época en la que se encuadra la trama y la percepción de ese momento); más víctima de las fechorías que sufre a manos del camarero Joe Bell, o de las de Sally Tomato (a quién va a visitar al penal de Sing-Sing, sirviéndole de estúpida coartada unos partes metereológicos) o Rusty; más víctima, decía, que mujer sin pasado. Ella se define como viajera en sus tarjetas de visita, pero quiere ante todo ser actriz. El escritor testigo tiene un cuento publicado por el que no cobró, y gracias a los consejos de su nueva amiga, conseguirá que le paguen por el siguiente. Todo son sueños, deseos. La novela es feísta y, a pesar de que el carácter del personaje está marcado por sus desvaríos, las descripciones del autor sobre la realidad de ficción que nos narra («edificio de piedra arenisca de un color tirando a esputo de tabaco mascado»); el retrato de una sociedad aristocrática centrada en el mundo de la prensa (a la que hace ascos empezando por redactores y terminando con William Randolph...