Luz de agosto

Leer a William Faulkner es encontrarse con la literatura, con el auténtico arte de escribir. Tal y como están las cosas, es reconciliarse con todo ello. Creo que fue Arturo Pérez Reverte el que acusó -a los escritores españoles de una época concreta- de seguir a Faulkner para quedar bien, de leer sus novelas y cuentos porque así quedaban dentro del círculo de los escritores de alto copete. Digo acusó porque lo afirmó con bastante mala baba. Y, una de dos, o no ha leído a William Faulkner o, si lo ha hecho, no se ha enterado de nada. Leer a este autor es un trabajo duro, entenderle todavía lo es más, comprender el sentido del humor que utiliza este autor sólo está al alcance de los que no se toman en serio ni el mundo ni a sí mismos ni, por supuesto, la literatura. Porque el mundo construido por Faulkner es grandioso, es gracioso, es profundo, es odioso. Es nuestro mundo disfrazado con harapos. Un universo atrapado por un aliento en la escritura difícil de seguir, por un tono altísimo en el que cada palabra elegida parece que estuviera allí esperando a ser utilizada; un universo plagado de personajes llenos de aristas, de escenarios retorcidos sobre su propia decadencia, de muerte, de ignorancia, de desidia. Luz de Agosto no es el libro más difícil de Faulkner. Ni el mejor. Pero en cada página se puede encontrar más literatura que en libros enteros. La trama policial ayuda a que el ritmo de lectura no sea duro en exceso y, sobre todo, la voz creada por el autor nos lleva de un lugar a otro sin esfuerzos añadidos. Una voz de alternancia limitada que va de personaje en personaje para que, desde el núcleo argumental, crezca un mundo entero en el que cada cosa...

¿Escribir como Faulkner o vender como Follett? Abr08

¿Escribir como Faulkner o vender como Follett?...

Hace algunos años me escandalizaba saber que, en España, se publicaban alrededor de sesenta mil títulos diferentes cada año. Hoy, no me preocupa lo más mínimo cuántos son. Supongo que serán muchos más. Porque entre la cantidad de títulos que publican las editoriales buscando con desesperación un éxito que les solucione la cuenta de resultados; los libros autopublicados por autores que no encontraron sitio en las editoriales; y la cantidad  abrumadora de libros publicados a través de Internet; es casi imposible saber casi nada. Todo esto que algunos celebran (fundamentalmente los autores que publican su obra pagando cantidades, a veces, disparatadas) es un auténtico desastre que abarata la literatura día a día. No sé si alguien ha pensado que, con esta cantidad de publicaciones, todos los autores, salvo los quince o veinte mejor colocados en las listas de ventas, están condenados al anonimato más radical. Entre tanto ruido no se les puede escuchar. Algunos dirán que han publicado con gran éxito entre los que le han leído aunque pocos estarán dispuestos a asumir que sus lectores tienen nombre y apellido conocido para ellos (para los autores, digo). El mercado literario, en esos casos, es minúsculo; formado por parientes, amigos, media docena de contactos en las redes sociales y un par de compañeros de trabajo;  y la obra estará condenada desde el principio a no llegar un poco más allá. Incluso los más cercanos, se van retirando elegantemente intentando escapar de la cantidad de compromisos con los que se encuentran dado el extraordinario número de escritores que aparecen en su entorno; terminan aburridos y dejan de leer esas obras que tanto tiempo les restan para dedicarse a los grandes de la literatura y, así no perder el criterio literario. Las obras que podrían aportar algo...