Tres regalos de Polanski

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Las películas que gustan son las que cuentan un mundo que representa una realidad compartida por todos, reconocible; son las que muestran personajes con alma, con motivaciones y una razón por la que existir, que sienten y hacen sentir cosas similares al espectador, que dicen cosas importantes y no idioteces por bonitas que sean. Resumiendo: las que emocionan. El cine de Polanski es gran cine. Y es bueno saber que existe un lugar en el que podemos refugiarnos cuando el mundo deja de gustarnos.

Un trabajo de Roman Polanski -para el aficionado al cine- es como un regalo de cumpleaños. Y ese momento en el que se entra a la sala de proyección para recibirlo es mágico.

El cine lleno. Una espera con el murmullo general de fondo que avisa. Algo grande va a pasar. Se apagan las luces. El silencio es inmediato. El cine apesta a cine. El mundo, más que otras veces, se reduce a una butaca, a ti mismo.

Desde la primera escena, la atención se agarra a la pantalla. Y, ya presa, se deja querer por lo que Polanski cuenta, por los personajes, por cada frase que disecciona una realidad cercana que no queremos ver. Cuando aparecen los créditos finales nadie se mueve en su asiento. Parece que el tiempo no haya pasado. Polanski sigue siendo ese regalo esperado cada cierto tiempo que, raramente, hay que devolver.

Lo oculto de la trama: Un dios salvaje. Adaptación de la obra de Yasmina Reza. Polanski la lleva al cine de forma magistral. Respetando la esencia del original (es una película muy teatral, claro) aunque haciendo el cine que él sabe hacer, el cine en el que se mueve con soltura. Dos escenas en exteriores y el resto dentro de un apartamento. Lo más lejos que se desarrolla la trama es la entrada del ascensor. Más tarde descubrimos que eso es una fantasía, que, en realidad, lo importante está sucediendo lejos de allí. Y, desde esa trama oculta, llega el sentido de la película. Al menos, buena parte de él. Cuatro personajes. Dos parejas. Un conflicto que les hace estar en el mismo lugar. Personajes que explotan desde el principio llenando la pantalla. Entre otras cosas porque los que interpretan esos papeles son Jodie Foster, Kate Winslet, Christoph Waltz y John C. Reilly. Un reparto de lujo para personajes de lujo.

La apariencia y su falsedad es lo que mueve la trama. Todo lo que vemos puede ser distinto a lo que es en realidad. ¿Cómo son las relaciones humanas? ¿Qué puede ser la causa para que todo se venga abajo?

La película es divertidísima, muy inteligente. El ritmo es el preciso. Todo se acompasa por un gesto, por un detalle. Polanski cuida al máximo los movimientos de una cámara que desaparece al instante para no hacer acto de presencia nunca más. El espectador deja de notar el cine para asumir lo que ve como parte de la realidad. Los diálogos son formidables. Creo que no hay frase que se pronuncie sin un sentido claro que explique y estructure el resto. La iluminación es perfecta. La peluquería diseña la personalidad de cada personaje y su evolución. Todo es cine del bueno.

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Lo negro de la trama: Chinatown. Un villano, un detective; una mujer sensual, enamoradiza y, a la vez, seductora por la que el detective pierde los papeles; policías, gansters y algún asesinato que otro buscando riqueza fácil, dinero con el que comprar el futuro (eso dice uno de los personajes de Chinatown). Son los elementos que, de forma clásica, han manejado los escritores de novela negra. Cercanos siempre al costumbrismo y armando tramas llenas de misterio y acción. La película de Polanski es completamente maravillosa. Un reparto excelente haciendo su trabajo con solvencia, rozando la perfección; la música de Jerry Goldsmith tan efectiva como siempre (suenan algunas canciones además de la partitura original que rematan el trabajo de forma exquisita. Por ejemplo, I Can’t Get Started de Ira Gershwin y Vermon Duke); un vestuario bien diseñado y muy cuidado; un guión a la altura de El Halcón Maltés que es como decir próximo a lo máximo que se puede conseguir; en fin, algo perfecto. O casi.J. Gittes (Jack Nicholson) es un detective que trabaja tranquilamente en Los Ángeles. Su vida se complica cuando recibe el encargo de un trabajo que será mucho más complejo de lo que parece inicialmente. Un asunto de cuernos termina siendo un laberinto lleno de peligros, de políticos corruptos, de muerte. Cuando aparecen Evelyn Mulwray (Faye Dunaway) y su padre Noah Cross (John Huston) todo se convierte en un infierno. La trama se desarrolla en un tiempo histórico muy breve y el ritmo es trepidante. Polanski (él mismo interpreta un pequeño papel como ganster) consigue manejar, además, un tempo narrativo que hace casar todo de manera exacta. Las interpretaciones de Nicholson y Dunaway son soberbias.

Espléndida película.

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La fuerza de lo que es la trama: El quimérico inquilino. Hablar de esta película Polanski, es hablar, necesariamente, de su personaje principal (Trelkovsky) que interpreta el propio director. Pero, también, igual de necesario, es hablar del escenario (París) y los decorados construidos por Pierre Guffroy. No sería posible entender la evolución de ese hombrecillo triste e inseguro sin verle caminar por las calles de la enorme París (pisando excrementos de perro, dejando que un indigente le afane todos los billetes de la cartera cuando le pide limosna), sin verle dentro de un edificio opresivo, mugriento, decadente, destartalado. Guffroy consiguió un decorado del que emanaba una sensación de realidad rozando la perfección. El uso de los espejos y de tomas muy inteligentes hicieron que, además, pareciera mucho más grande de lo que realmente era. Sin este decorado la película hubiera sido una cosa bien distinta.

Es injusto no reconocer a Polanski su habilidad manejando el punto de vista. Esto es fundamental para narrar y no siempre es fácil saber cómo se modifica en una misma película. Durante buena parte del metraje, utiliza la alternancia de la voz narrativa. De personaje a personaje dependiendo de la necesidad. Cuando se centra en el principal (en ese momento es cuando el espectador ve las cosas a través de los ojos del protagonista) podemos pensar en una conspiración en lugar de la esquizofrenia. Llegado el final del relato centra ese punto de vista en Trekovsky (hasta el final) para que comprobemos, sin filtros, que la evolución del personaje se ha producido por completo. Ese cambio se produce cuando el hombre se ve a sí mismo en la ventana de enfrente.

La película (basada en una novela de Topor, creador del groupe Panique) cuenta la historia de un hombre que logra alquilar un apartamento. La anterior inquilina se ha lanzado por la ventana y está ingresada en el hospital. Termina muriendo. Trelkovski va desarrollando una esquizofrenia terrible y una transformación que le lleva a asumir la personalidad de la antigua inquilina. (El resto es mejor verlo y no desvelarlo aquí). El espectador se enfrenta a una trama circular como suele pasar cuando se ve el cine de Polanski. La diferencia con otras películas es que, en esta, la acción concluye con la repetición de lo ocurrido en lugar de regresar al punto de inicio. Del principio hasta la mitad (más o menos) todo se llena de un humor negro y ácido que puede resultar incómodo para algunos. Muy próximo a Kafka (el cine de Polanski tiene mucho de ese autor).

El director dijo que esta película tenía un problema narrativo, del que se hacía responsable, que aparecía cuando el punto irónico del relato se transformaba en una tragedia total. El cambio de ritmo descoloca un poco, eso es verdad, aunque creo que dijo esto un poco obligado por las malas críticas, el enfado de Topor y la fama de rígido ególatra que siempre le ha perseguido. Es cierto que algunas reacciones del personaje son bruscas e inesperadas, pero hay una justificación clara: no se puede contar todo lo que le pasa a un personaje, ni lo que ocurre cada instante en el entorno. Si eso fuera el cine, las películas serían eternas. Tempo, tiempo narrativo y la elipsis, como recurso, solventan el problema y, además, conceden al espectador cierto protagonismo en la trama.